[Lo que sigue es una puesta en limpio de las notas sueltas que brujulearon mi presentación de Sin lugar seguro
(Germanía, 2013), el último libro (publicado) de José Luis Zerón. El
encuentro tuvo lugar en Orihuela, el 16 de octubre de 2013, en un
ambiente de distensión y complicidad que pretendo tenga su reflejo aquí
mediante un texto sin vocación académica.
De
tener alguna (vocación, me refiero) sería celebratoria en doble flanco:
de la amistad que me une con el autor y de la admiración que profeso
por su obra.]
Conocí a José Luis Zerón hace unos pocos años. La amistad compartida
con Jordi Doce, y otros escaques del tablero literario, le habían dado a
la cita un cariz de inaplazable. Yo sabía ya de su labor iluminadora al
frente de la revista Empireuma y, por supuesto, no me habían
pasado desapercibidas las pocas muestras de su poesía que, hasta
entonces, pude espigar por aquí y por allá. El verdadero tamaño, no
obstante, de su obra no me fue revelado hasta que el vínculo se empezó a
estrechar entre nosotros y tuve acceso, no sólo a los libros publicados
(y algunos de ellos, ay, de difícil acceso hoy), sino también a un
número no exiguo de inéditos. Zerón, vaya por delante, es uno de
nuestros más grandes poetas que tiene que vérselas con la desidia, la
incomprensión o el desprecio del cambalache editorial. El camino al
infierno está empedrado de buenas intenciones... y editores corruptos.
De ese cajón de manuscritos emerge ahora Sin lugar seguro,
libro que acaba de publicar en este achacoso ya 2013 el sello Germanía,
si bien su redacción se remonta a unos pocos años atrás. Con solo ojear
(¿hojearnos?) sus páginas, ya advertimos de inmediato un anhelo de
simetría en la estructura del volumen. Nos encontramos con tres partes:
las dos primeras, «Filiación» y «De noche por la mañana» (¡ojo a los
títulos, que no abundan!), presentan el mismo número de estancias, seis;
mientras que la tercera, «Jardín y tiempo», poco más del doble, trece
(a lo que viene a coronar un «Epílogo»). Este ubicar con una no
disimulada pretensión de proporción los pesos (y las tornas,
ese término catalán sin traducción fiel a nuestro idioma que indica el
contrapeso mediante el cual se reequilibra la balanza) nos da ya una
pista acerca del eje matemático sobre el que gira la poética de José
Luis Zerón. Erraríamos, sin embargo, si consideráramos su obra como
únicamente el fruto de un pensamiento sometido a la ecuación o el
silogismo. Así como hay en todo momento una conciencia despierta que
funge de archivera de impulsos y emociones (precisamente para que no se
desboquen y acaben por romperse en lamentos estériles), no es menos
cierto que el desarrollo del poema viene a consagrar la fiebre y el
furor como verdaderas vértebras de una columna que cruje pero rara vez
se tambalea. Es lo que podríamos definir como una rara armonía entre lo
matemático y lo dionisíaco; o, si se prefiere, como una singularísima
matemática bacante.
Volvamos al libro, a Sin lugar seguro. El título, claro
está, es una búsqueda: la preposición inicial nos ubica en un estado de
alerta, de expectación. No hay que llamarse a extrañeza, entonces, que, a
partir de ahora, el lector tenga que lidiar con un juego de espejos en
donde lo real y la apariencia («de luz») terminan por coagular en estos
versos graníticos. La ignorancia es un puerto, un desembarco y, ahí, en
esas aguas quietas, en ese compás de espera hasta el inminente
desanclaje, el poeta se abandona a una tensión constante, dirimida en un
afuera que mira hacia dentro y viceversa, orquestada mediante una
exquisita condición sensorial que arma los versos de «colores, perfumes y
trinos». «He dejado la ciudad», nos miente Zerón en el umbral
del libro, pues ya sabemos por Kavafis que «La ciudad irá en ti
siempre», lo que es lo mismo que asumir que a la casa se regresa
conforme más se afana uno en dejarla atrás. Para ello, es obvio, hay que
salir, andar en dirección opuesta y, al cabo, volver sin que los pasos
coincidan plenamente con las huellas. No hay un simple juego de palabras
en la confesión zeroniana según la cual el poeta se reconoce
«extranjero donde soy extraño».
La ciudad y la casa, pues. O más bien: la ciudad versus la casa. «La
casa se resiste inútilmente bella», leemos para advertir el contraste de
esa hermosura vana con la «belleza terrible» del verso de Yeats con que
nos recibe el libro al abrir la puerta. No se nos escapa tampoco que
«La casa está tranquila», es decir, lo que Juan de la Cruz llamaba
«sosegada», pues es del todo imposible no oír ese silbo de pura
iluminación misticista; más cerca, por cierto, del sufismo de Ibn Arabí
que del vuelo unitivo del santo carmelitano. Y todo lo anterior sin que
tampoco nos sea dado desatender los ecos de la mitología bíblica
(Lázaro, el hijo pródigo) o, con más presencia en las páginas, pagana
(Perséfone, los lotófagos, Tántalo, Teseo, Príapo, el Minotauro).
Consigno estas fuentes, no como un alquimista de referencias (flaco
favor al autor), sino por destacar que estas filiaciones («Filiación»,
recuerdo, se titula una parte del poemario) tienen su perfecto correlato
en el lenguaje con que están dichos (acaso pregonados) estos versos.
Zerón no juguetea con el alfabeto, pues sabe que cada letra tiene su
ascendencia en el poema y más cuando se trata de comunicar lo
insondable. Con plena asunción, con deliberación, se abandona al empleo
de un léxico y un ritmo de clara progenie letanística, salmódica (ese
«salmo o lamento o amenaza», esa «salmodia de osario vivo», que luego
-la «osamenta»- tornará «de metal»). Ello es visible (y audible,
insisto; en Sin lugar seguro los poemas suenan) en la recurrencia de repeticiones a modo de estribillo y de exclamaciones con aire de preguntas.
Todo esto da lugar (sigo hablando del lenguaje) a un «idioma
violento» que es traducción legítima de la propia mirada; un idioma (y
un paisaje) en el que la «mariposa» que, en Lorca, se ahogaba en el
tintero renace aquí para perecer de nuevo «ahogada en el estanque», y la
«luz» es una «cuchilla» (una imagen en la que José Luis y quien esto
escribe descubrimos una sorprendente, y celebrada, coincidencia), y un
mechón de pelo deviene un «aladar». Lenguaje barroco, sí, pero también
acendrado, ajeno a contingencias temporales, a modismos y gansadas, que
reporta al lector la sensación de estar ante un manuscrito encontrado
tras un viaje errático en el tiempo; mejor aún: la confirmación de
encararnos ante una verdad revelada. Lo cual demuestra que Zerón ancla
un pie y medio en la estirpe de los poetas visionarios: el Dante, Blake,
Lautréamont, Artaud, Trakl. Y ello sin renunciar al canto elegíaco con
trasunto biográfico (esa casa perdida existió; esos caminos son, están
trazados o desdibujados pero son), si bien se trata de una endecha
superada por la vía de la iluminación. El poeta logra espantar la
pegajosa tentación del autobiografismo inane en aras de un simbolismo
vigoroso, vivo, en ocasiones feroz. «El mismo acto de mirar es un acto
de violencia», sí, y es que aquí el paisaje, tan presente, habla,
respira, suda por los versos («la luz se mastica»), y no pocas veces se
diría que agrede, pues en cada metamorfosis quedan siempre restos de
sangre. Como escribe Lucrecio, en un verso que Zerón hace suyo (en
cursiva), «Con la muerte de unos cuerpos la naturaleza engendra otros». Y
es que hay una suerte de panteísmo traspasado por las cavernas del yo,
un trasunto leopardiano transido de iluminación. «Solamente / lo
fugitivo permanece y dura», nos recordaba Quevedo y, por eso, en ese
verso de resonancia homérica con el que casi se despide el poeta, «El
sol se ha ocultado y la sombra vela los caminos», sabemos que hay mucho
más que borbollón retórico o confesional.
Para lo último ya están los curas... o los amigos. Como no me
encuadro entre los primeros (gracias a dios), no tengo por qué guardar
secreto de confesión alguno. En un correo electrónico, me participaba
José Luis lo que sigue: «la casa es la protagonista de la mayoría de los
poemas, remite al chalet donde mis abuelos maternos vivían. Era una
casa de planta baja rodeada de huertos y jardines. Yo pasé muy buenos
momentos de mi infancia y parte de mi adolescencia en aquel “paraíso”.
Cuando murió mi abuelo la heredó mi tío y él la vendió. Hace unos años,
me acerqué a la casa y me llevé una penosa impresión. La edificación
estaba destartalada, casi en ruinas, los huertos y jardines habían
desaparecido, sólo quedaban hierbajos y arbustos. Todo era desolación.
Ese recuerdo de la casa perdida, así como la epifanía que me supuso
mudarme al piso donde vivo ahora, están presentes en este poemario».
La apariencia tizna ese espacio real y, diríamos,
incontaminado. «También la naturaleza festeja sus simulacros», descubre
Zerón. A ella, a la naturaleza, se impreca en este libro como se impreca
al Dios que no responde a nuestras plegarias, como se ruega atención a
una madre «intransigente». «El eco de lo contemplado» resuena aquí como
el horizonte en el mejor Romanticismo, ese que devuelve al hombre el
tocón de sí mismo, la tala de su propia identidad, capaz de enseñorearse
del sujeto y dar de sí, gracias a esa plena asunción de la mirada, un
paisaje sin figuras porque la figura forma parte consustancial del
paisaje, es ya paisaje. Por decirlo con Argullol: una
«desantropomorfización del paisaje». Lo que nos lleva, a modo de
conclusión, a recalar en esa personalísima lectura que aplica José Luis
Zerón al célebre (y manoseado) dictamen benjaminiano, según el cual «No
hay documento de cultura que no lo sea, también, de barbarie». Nuestro
poeta, en una cabriola intelectual de hondo calado, reformula el
enunciado dialéctico en clave de bodegón temible, amenazador: «También
la naturaleza / converge en el totalitarismo». No es raro que, poco
después, confiese: «Nazco y muero / y ya estoy desierto». ¿Desierto de
qué? ¿De sí mismo? ¿De ser la propia trama expiatoria (con equis) de una
persecución? La horma de nuestros zapatos de hoy (vuelvo a decirlo con
otras palabras) no encuentra acomodo en las huellas de ayer, pero con
cada paso, como nos zahiere el último verso, levantamos «la polvareda
del acontecer».
Alberto Chessa (Murcia, 1976) es
escritor y cineasta. Trabaja
regularmente en el terreno de la traducción literaria y audiovisual, a
lo que hay que añadir otro tipo de colaboraciones esporádicas en el periodismo,
la gestión cultural y el doblaje y la locución.
Se licenció en Filología Hispánica
(Universidad de Murcia y Università degli Studi di Cagliari) y se diplomó en
Cinematografía y Artes Audiovisuales, especialidad en Dirección de Cine y
Realización de Televisión (Escuela Universitaria de Artes y Espectáculos TAI).
Tiene además el Diploma de Estudios Avanzados en el Doctorado en Comunicación
Audiovisual y Publicidad (Universidad Complutense de Madrid), el Máster en
Historia y Estética de la Cinematografía (Universidad de Valladolid), el Máster
en Gestión Cultural (Universidad Carlos III de Madrid) y el Curso de Extensión
Universitaria de Actor de Doblaje y Locución (Universidad Internacional de La
Rioja).
Ha sido director y locutor del espacio Ecos
del Círculo, en Radio Círculo, y programador del Cine Estudio del Círculo
de Bellas Artes de Madrid. Ha llevado también la Dirección de Actividades
Culturales del Real Casino de Murcia y ha colaborado con diversas entidades
públicas y privadas en la coordinación de eventos y la redacción de textos
institucionales (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Escuela de Arte de
Murcia, Ayuntamiento de Cartagena). Ha escrito y dirigido, entre otros títulos,
el cortometraje El Mono de Hamlet (finalista del Festival Incurt de
Europa y el Mediterráneo), el videoclip Señor banquero (según la canción
de Distrito Bohemia) y el largometraje documental Alfabeto Angelopoulos
(sobre el cineasta ateniense).
Es autor de los libros de poemas La
osamenta (Rialp, 2011), que mereció el Accésit del Premio Adonáis, y en
la radiografía apareció LA PIEL (Huerga y Fierro, 2013). Ha sido incluido
en las antologías Fractal (Ayuntamiento de Albacete, 2011) y 2012: La
Generación del #FinDelMundo (Huerga y Fierro, 2012), y también ha
participado en la antología comentada sobre la obra de Carlos Fenoll
(Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2012). Tiene en prensa el libro-DVD Alfabeto
Angelopoulos (ediciones del Círculo de Bellas Artes). Para este año espera
ver publicado su tercer poemario, errancia/TESELAS.
Vive en Lavapiés (Madrid).



No hay comentarios:
Publicar un comentario