Hace unos meses me encontré
inesperadamente con Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) y me confesó que una parte
de su celebrado poema “Primera visión de Marzo”, de su libro “Arde el Mar”
(1966) se inspira en una visita al Colegio de San Gregorio en Valladolid. Su
Claustro, más concretamente, aparece en unos de sus versos donde el poeta
escribe:
Yo estuve una mañana, casi hurtada
al presuroso viaje: tamizaban la
luz
sus calados de piedra, y las estatuas
–soñadas desde niño– imponían su
fulgor inanimado
como limón o esfera al visitante.
Este tamizar de la luz, la visión
de la luz tamizada por la piedra bien podría ser la mejor definición
(intuitiva) del acto poético. Una visión de la luz, del viaje de la luz que
sirve para curar, para esculpir la ceguera salvaje de la piedra. Si tuviera que
elegir algunas esculturas de San Gregorio que “imponen su fulgor inanimado”
para esbozar la poética pictórica del poeta catalán elegiría, sin duda, a los
llamados “hombres salvajes” que figuran a ambos lados de la fachada principal
del colegio, aunque el poema probablemente se refiera a las gárgolas del claustro.
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| Claustro del Colegio de San Gregorio. Valladolid. |
Se cree que estos hombres
silvestres recubiertos de musgo podrían representar al hombre natural en
diálogo con el hombre virtuoso o que eran testimonio desde finales del Medievo
“de la nostalgia del paraíso perdido, de la inocencia primitiva” como nos dicen
en el Museo Nacional de Escultura, pero yo no puedo dejar de verlos como
salvajes ciegos por la luz. Recuerdo al ver sus rostros devorados por la
claridad de aquel verano prematuro, una afirmación del ensayista portugués
Eduardo Lourenço que dice que “el poeta es un ciego iluminado”. Alguien que ve
dolorosamente y en la lucidez, labra un destino.
La poesía como don, como instante
de visión poderosa, como ver primitivo, como un “momento vacío y cegador”, en
palabras del propio Gimferrer, está presente en toda su obra. Se trataría de
ver las cosas como si fuese la primera vez, tal como quisieron Alberto Caeiro y
De Chirico, pintor este y heterónimo pessoano aquel muy de la preferencia de
nuestro poeta catalán. Ver iluminador, cegador, esencial, instante que nos saca
del espejo, que nos permite esculpir, tamizar, tallar el tiempo y hacerlo
piedra viva.
Es por ello por lo que la poesía
de Gimferrer es esencialmente visual, fotográfica, pictórica, cinematográfica.
Su poesía es profundamente barroca si la comprendemos como constante y renovada
meditación ante una imagen. En uno de sus dietarios, reflexionando sobre Monet
y Octavio Paz escribe: “Luz quieta de lo que vive en la conciencia”. No habrá
otra definición tan poderosa de la poesía en varias leguas. Imagino al joven
Gimferrer en este claustro, inmóvil, absorto, levemente inclinado buscando el
camino de la luz, haciendo de sus gruesas gafas una máscara esmerilada por
donde asome el movimiento, la confrontación de la luz y de la sombra y recuerdo
de nuevo su poema: “tamizaban la luz / sus calados de piedra”. Lo imagino y
recuerdo a José Lezama Lima cuando escribe: “La luz es el primer animal visible
de lo invisible.”
Es esa luz la madre de las
sombras y de los ojos de los poetas. Imagino al joven Gimferrer “ciego entre
pétalos tibios” para rescatar un verso de su libro “Amor en Vilo”. Y es que el
poeta está en vilo en la frontera entre el aire y la piedra, entre la luz y la
sombra, sacando punta al espejo más misterioso. Imagino el rostro cegado de Gimferrer,
cegado como el de los salvajes del pórtico, herido y redimido de luz, en la
ceguera más iluminada. Y pienso todo esto porque el propio Gimferrer escribió
en un pequeño poema titulado “Arte poética” lo siguiente:
Alguna cosa més que
el do de síntesi:
veure en la llum el trànsit de la llum.
Algo más que el
don de la síntesis:
ver en la luz el tránsito de la luz.
Pero la luz también ciega, la luz
sana y condena y sigue siendo misteriosa. Lo dice con claridad Eduardo
Lourenço: “Es de la luz que la palabra poética concentra misteriosamente de
donde nuestra existencia recibe el máximo de claridad. Esa luz, sin embargo, es
impenetrable. ¿Con qué lámpara exploraríamos el corazón del Sol?”. En ocasiones
se ha tildado a Gimferrer de poeta oscuro, pero ¿hay acaso otros? En el corazón
del blancor, del Sol, de la pura claridad, todo es oscuro. Por ello Gimferrer
escribe en el que es uno de sus mejores últimos libros “El Castillo de la
Pureza”: “viene de la noche la página cortada”. Recuerdo al poeta portugués
Herberto Helder y su conocida súplica: “Dios mío, haz que sea siempre un poeta
oscuro”. Esa es la síntesis, el don de la síntesis de los verdaderos poetas:
hacer claridad con las sombras, tamizar la luz, hacer en la piedra un nuevo sentido
vivible. Y siempre con la nostalgia del paraíso perdido de la pureza.
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| Detalle de la fachada del Colegio de San Gregorio. Valladolid. |
Para Gimferrer la poesía es un
sistema de espejos, de celadas, un espejo doble por donde vemos transitar la
claridad, el animal más misterioso que frente a lo que todos desean oscurece el
poema y nos revela los misterios en una “hora oscurecida”. El poeta aguarda el
“fuego ciego” de la luz, el don de los verbos, por ello, Gimferrer escribe:
¿Qué ojos ven la noche?
¿Qué ojos son la noche?
El amor poético de la luz
es un amor nocturno. El poeta recoge el viaje de la luz cuando anochece, en el
tránsito de lo invisible (“Es invisible el tiempo /como la luz del jardín”
escribe nuestro poeta), un resplandor de lo que nos negamos a ver, una
nostalgia de la luz, la misma que parecen poseer estos hombres salvajes del
Colegio de San Gregorio. En la poética de Gimferrer hay una revelación
redentora. Un oficio de escultor de luz que también descansa en la sombra.
Escribe: “¿Tan sólo roeremos migajas de lo oscuro?”. El poeta hace una claridad
de carne en la palabra. Recuerdo a Unamuno y su “Credo Poético”: “Esculpamos
pues la niebla” escribió Don Miguel. Gimferrer sabe bien que la poesía es una
escultura de lo invisible animada por la luz y negada por la sombra. Gimferrer
sabe que “abrimos el [mismo] corazón de luz que cegó a Dante”.
Ese ardor invisible que Gimferrer
encontró en la piedra casi barroca de San Gregorio es el mismo ardor que el
poeta siente o inyecta en su palabra. Lo dice él mismo: “Tal vez es este el
martillo de los poemas: / saber que somos es vivir ardiendo en las palabras”.
El poema, para nuestro autor es “palabra del día y de la noche”, síntesis
perpetua del hombre salvaje y del hombre virtuoso que figuran en la piedra de
nuestra fachada. Luces y sombras esbozadas en lo invisible. Con Gimferrer
comprendemos que quizá “sólo hemos sabido decir la nieve ausente” y que el
poeta es un zahorí perpetuo esclavo de la luz más densa.
Pablo Javier Pérez López




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