El frío que mató a Bécquer
Todavía hoy,
publicadas tantísimas obras sobre Gustavo Adolfo Bécquer, parecen no haberse
disipado del todo las tinieblas con las que un eclipse de sol envolvió su
muerte aquella primera mañana del invierno de 1870. Las dudas de los médicos
que lo atendieron han sobrevivido en las innumerables interrogantes y variadas
hipótesis que tratan de explicar las causas de su fallecimiento y el origen de
esas lentas “horas de fiebre” que, desde 1858, acompañaron intermitentemente la
vida -y la obra- del poeta sevillano hasta el final de sus días. Ni siquiera su
certificado de defunción, que menciona un “grande infarto de hígado”, ha
escapado de ser puesto en tela de juicio y matizado desde los actuales
conocimientos de la
Medicina.
Independientemente
del propio Nombela y de Rodríguez Correa, que habla de un primer diagnóstico de
pulmonía, casi todos los autores que posteriormente han abordado la muerte de
Bécquer han coincidido en reconocer la decisiva importancia de un enfriamiento
en el rápido desenlace y han reproducido o sintetizado (aunque no siempre
rigurosamente, como luego veremos) las palabras de Nombela. Algunos, incluso,
sitúan la pulmonía como causa directa de la muerte, como es el caso de Rafael
Montesinos. Ninguno de ellos, sin embargo, ha tenido la curiosidad necesaria o
el suficiente abrigo de los datos como para detenerse en el intenso frío de
aquella tarde, y sólo la minuciosa Rica Brown recoge, aunque escuetamente y en
términos muy generales, que “el invierno del 70 al 71 fue de una crudeza
despiadada, no sólo en España, sino en toda Europa”.
Nunca
sabremos qué fue lo que hizo salir de casa a Gustavo, mal como se sentía,
aquella tarde tan fría de finales del otoño. Conociéndose este episodio tan
sólo a través de las palabras del relato de su amigo, causa sorpresa que José
Pedro Díaz afirme que Bécquer “regresaba de una reunión a la que había asistido
con Nombela” y que José Andrés Vázquez (y a través de él parcialmente Benjamín
Jarnés y Gabriel Celaya) dé rienda suelta a su imaginación diciendo que se
despidió “de sus amigos del café Suizo hasta el día siguiente, pues no volvería
después de la cena”, y, desbocada ya, prosiga escribiendo tranquilamente que,
“en la compañía de Julio Nombela, cruzó la calle de Sevilla, bajó por la
carrera de San Jerónimo a la
Puerta del Sol”. Sirvan estos fragmentos como ejemplo del
poco rigor de la mayor parte de los becquerianistas, empeñados en rellenar las
numerosas lagunas que existen en la biografía de Gustavo Adolfo Bécquer con una
pesada grava sin fundamento. Considerando el precario estado de su salud, según
se desprende del texto, tiendo a pensar que sólo razones relacionadas con su
trabajo pudieron llevar a Bécquer a salir de su casa aquella gélida tarde de
diciembre. Si tenemos en cuenta que muy pocos días antes había asumido la
dirección del periódico El Entreacto,
creo adivinar que llegó a la
Puerta del Sol procedente de su redacción, situada en el
número 3 de la muy cercana -inmediata- carrera de San Jerónimo.
Mala
fortuna, ciertamente, la de Gustavo: casi enfermo ya en mitad de aquel intenso
frío y sólo tres o cuatro asientos libres en la imperial del ómnibus, que no
debemos confundir con el primer tranvía de sangre que tuvo Madrid, que también
conectaba la Puerta
del Sol con el barrio de Salamanca y que tenía igualmente imperial, pero que se
inauguró el 31 de mayo de 1871. Titulado, precisamente, Modelos de los coches del tranvía que ha de cruzar la población
había escrito Bécquer un artículo aparecido sin firma en La
Ilustración de
Madrid el 12 de noviembre de 1870. Hay constancia de que, al construirse
hacia 1868 las dos primeras manzanas del barrio de Salamanca, se implantó un
servicio de ómnibus con imperial y cabida para unas veinte personas. Tan sólo
circulaba un coche, cuyas salidas eran anunciadas por el cobrador con una
trompetilla. La rápida retirada de los coches con imperial se debió, según
López Bustos, a no ser apropiados para el clima de Madrid. Interesante detalle
que no debe pasar inadvertido. En el Almanaque
Enciclopédico Español Ilustrado para 1871 (publicado, por tanto, en 1870),
casualmente es el propio Julio Nombela quien, refiriéndose al barrio de
Salamanca, afirma que “los que aquí viven no están retirados de la población,
porque ya se han establecido ómnibus que hacen continuos viajes a la Puerta del Sol, y por un
precio insignificante conducen a los moradores de este barrio, para que sin
grandes molestias puedan acudir a sus negocios”. Qué lejos estaba entonces de
imaginar el trágico papel que a este carruaje le estaba reservado representar
en la muerte de su amigo y del que probablemente muy pronto iba a ser testigo,
algo que ya tiene presente cuando, en otro pasaje de sus Impresiones y recuerdos, dice: “en la época en que fui uno de los
primeros vecinos del barrio de Salamanca, como indiqué al recordar mi última
entrevista con Bécquer, no había más que un ómnibus para trasladar desde la
calle de Serrano hasta la
Puerta del Sol y viceversa a los vecinos comodones del
barrio”. ¿Por qué subieron Bécquer y Nombela a la imperial del ómnibus y no
utilizaron un coche de punto como el que Gustavo había empleado para llevar a
su sobrina Julia a despedirla de algunas amistades antes de enviarla a Sevilla
con su hermano Estanislao el mes anterior? Quizás la explicación nos la
proporcione el mismo Bécquer en su artículo sobre los coches del tranvía: “por
no bastar los medios ordinarios a las necesidades de la actual población”.
Nombela
sitúa aquella fría tarde en la segunda quincena de diciembre, es decir, en un
intervalo de tiempo muy cercano a la muerte de Bécquer y que, en principio,
parece conjugar muy bien con la sorpresa
con la que la prensa, en sus necrológicas, se refiere al “imprevisto y
extraordinario desarrollo” (La Ilustración de Madrid, 27-12-1870) “de una corta
pero penosa enfermedad” (La Época,
22-12-1870) “de que fue acometido hace pocos días” (El Imparcial, 23-12-1870). Sin embargo, para cuando comenzó la
segunda quincena del mes el autor de las Rimas
estaba ya enfermo. Así nos lo manifiesta El
Entreacto, periódico semanal que, en su segundo número del sábado 10 de
diciembre, incluía la siguiente información: “El director de El Entreacto, don Gustavo Adolfo
Bécquer, ha pasado una grave enfermedad, y aunque se halla mucho mejor, todavía
no ha podido abandonar el lecho, por esta razón se interrumpe hoy la preciosa
novela que el señor Bécquer empezó a publicar en el folletín de nuestro
periódico”. Por otro lado, si, como se desprende de su carácter inconcluso,
Gustavo escribió la primera parte de Una
tragedia y un ángel expresamente para El
Entreacto en los días inmediatamente anteriores a su publicación en el
número 1 del sábado 3 de diciembre y tenemos en cuenta, además, las palabras de
Rodríguez Correa en el prólogo de la edición príncipe de las obras de Bécquer
en 1871 -testimonio muy cercano en el tiempo-, donde manifiesta que el poeta
estuvo en Toledo tres días, “veinte antes de morir”, podemos deducir que, a la
altura de los primeros días de diciembre, aún no se había producido su encuentro
con Nombela. Y si seguimos de modo literal las palabras de Correa, fijando la
estancia en Toledo durante los días 2, 3 y 4 de diciembre, es decir, de viernes
a domingo, y tenemos presente los días que necesariamente separan el comienzo
de esa grave enfermedad de Bécquer de la nota periodística que, el sábado 10,
manifiesta que “se halla mucho mejor”, llegaremos a la conclusión de que la
fecha del trayecto en el ómnibus que ocasionó el enfriamiento del poeta se
produjo hacia el inicio de esa semana que se inició el lunes 5 de diciembre de
1870.
Es precisamente
esa alusión a la mejoría del enfermo lo que acaso podría hacer pensar que
Gustavo, una vez restablecido momentáneamente, efectuara en la segunda quincena
de diciembre una salida imprudente y que, tras el viaje en ómnibus, recayese y
esta vez para no levantarse. ¿Apuntan hacia esta posibilidad las expresiones de
Nombela “no se sentía muy bien, estaba muy fatigado” y “le faltaban fuerzas”?
Las palabras en las que Rodríguez Correa alude a la enfermedad de Bécquer (“lo
que se diagnosticó pulmonía convirtióse en hepatitis, tornándose a juicio de
otros en pericarditis”) parecen, sin embargo, situar decididamente el trayecto
en la imperial del ómnibus como desencadenante inicial de una enfermedad
todavía no declarada. Y tampoco Nombela hace referencia a que su amigo hubiera estado
enfermo en los días anteriores.
Ese primer
diagnóstico de pulmonía, recordado a los pocos meses de la muerte de Gustavo
por quien siguió tan de cerca sus últimos momentos (tanto como permitían los
escasos escalones del segundo al tercer piso de Claudio Coello, 7, donde vivían
Rodríguez Correa y Bécquer, respectivamente), vuelve a colocar, por lo tanto,
el episodio del ómnibus al comienzo de la enfermedad y, por consiguiente, entre
los días 5 y 7 de diciembre aproximadamente.
Pero aunque no
quedaran todas estas referencias, existen otros datos, de carácter más riguroso
o científico, a través de los cuales creo poder demostrar categóricamente que
ese trayecto en la imperial del ómnibus, que tan graves consecuencias tuvo para
Bécquer y, a través de su prematura muerte, para la propia Literatura española,
no se produjo en el espacio de tiempo señalado por Nombela, sino entre los días
que los mencionados testimonios han delimitado. Esos datos, que son la columna
vertebral de todas estas palabras, no son otros que las Observaciones meteorológicas efectuadas por el Observatorio de Madrid desde el día 1º de Diciembre de 1870 al 30 de
Noviembre de 1871, publicadas en la capital de España en 1872 y del que
adjunto algunos de sus cuadros más esclarecedores.
Que el día del
trayecto en ómnibus el frío era intensísimo en Madrid está fuera de toda duda.
Si bien es verdad que Nombela, que escribe este episodio a cuarenta años de
distancia, pudo cometer ligeros errores y traer del pasado, como en la rima
III, “memorias y deseos de cosas que no existen”, no parece en este caso, a
tenor de la insistencia en resaltarlo, que el frío de aquella tarde -verdadero
protagonista del relato- pueda incluirse entre ellas. Frío glacial, siberiano,
no sin duda el de la segunda quincena de diciembre, que se nos presenta en
términos generales, a la luz de los promedios meteorológicos y del tímido sol
de esos días, dominada por temperaturas relativamente suaves.
Pero prescindamos
de los valores medios, tan engañosos a veces, y centrémonos en los absolutos,
que aparecen registrados cada tres horas desde la medianoche. Si consideramos
que Nombela sitúa su encuentro con Bécquer por la tarde, estamos obligados a
consultar las temperaturas que en cada uno de esos días arrojan las 12, 15 y 18
horas, momento “que separa la claridad de las sombras”, ya que las 21, en pleno
diciembre, podemos considerarla ya como noche cerrada. Pues bien, una rápida
ojeada a las temperaturas que se dieron en esa franja horaria durante cada uno
de los días comprendidos entre el 15 y el 22, fecha de la muerte de Bécquer, es
suficiente para comprobar la inexistencia de un frío tan intenso como el que
hace tiritar la memoria de Nombela, dándose las más bajas el día 20 con 5º,5 a
las doce del mediodía y 4º,8 a las seis de la tarde. Pero, en cualquier caso,
el día 20 es demasiado cercano al día de la muerte de Gustavo como para situar
el trayecto en el ómnibus en esa fecha. El propio Nombela dice haber estado,
tras su encuentro con Bécquer, “dos días en cama con alternativas febriles”
antes de “enviar una criada” para preguntar por su amigo el día 20 o antes, ya
que menciona a continuación que “el día 21 se agravó”. También el 20 es, si
creemos a Moreno Godino, el día en el que Bécquer, “próximo a expirar”, quemó
sus cartas en presencia de Augusto Ferrán. No, indiscutiblemente el episodio
del ómnibus se produjo en fechas anteriores, con lo que nos situaríamos, como
temperatura más baja, en los 6º,3 del todavía demasiado cercano día 18 a las seis de la tarde, una
temperatura que nada tiene de siberiana. Por lo demás, y siempre dentro de la
franja horaria de la tarde, las temperaturas aumentan conforme retrocedemos en
los días de esa segunda quincena de diciembre, encontrándonos, en el día 15,
con los más que agradables 16º,5 a las 3 de la tarde; todo un lujo para un
Madrid a las puertas del invierno que no volverá a repetir tales temperaturas
hasta febrero. No existe, en definitiva, en la segunda quincena de diciembre de
1870, en esos días “de buen temple” -en expresión del propio Observatorio de
Madrid-, rastro alguno de “las tardes desapacibles del otoño” que tan bien supo
describir Gustavo Adolfo Bécquer en su prosa.
Pero acudamos
ahora, sin más dilación, a los datos que el Observatorio de Madrid recogió
durante esa primera quincena del mes de diciembre. Curiosamente, las
temperaturas más bajas, que llegan a veces a estar por debajo de 0º, se
perfilan de manera nítida en los días comprendidos entre el 3 y el 10, justo en
el espacio de tiempo acotado por los
dos primeros números
de
El Entreacto. Las referencias documentales y los datos
meteorológicos van cuadrando y todavía se pueden ajustar más. No es necesario
mucho detenimiento para observar que, con cierta distancia respecto a los
demás, el día 5 -inicio de la semana, recordémoslo- es el que presenta los valores más bajos,
alcanzando los 0º,9, -0º,2 y -2º,3 a las 12, 15 y 18 horas, respectivamente, de
un día húmedo en el que, según las “observaciones generales” del mes, “amenaza
nevar por la tarde”, algo que ocurrirá por la noche. No sé a ciencia cierta si
dicha temperatura merece el calificativo de glacial, pero el hecho es que
Nombela no pudo referirse a un frío mayor por el simple motivo de que nos encontramos,
para el conjunto de las horas de la tarde, ante las temperaturas más bajas de
todo el mes de diciembre, si exceptuamos las del día 31, totalmente ajeno ya al
periodo que nos interesa.
Pero
estrechemos el cerco. Manejando los datos que el Observatorio de Madrid nos
proporciona sobre el viento en ese mes de diciembre de 1870, viento que -sin
nombrarlo Nombela- parece deslizarse por el cuello levantado de los gabanes,
podemos leer en las “observaciones generales” correspondientes al día 5 que “el
viento del N.E., muy débil en los precedentes, sopla en éste con violencia”.
Rara intuición, ahora sí, de José Andrés Vázquez, que probablemente acierta al
imaginar este elemento climatológico, aunque sustituye por “el aire sutil del
Guadarrama” el “helado y áspero” -según palabras del propio observatorio-
viento del N.E., que, dicho sea de paso, azota de frente, obligando “a cerrar
la boca”, a quien se traslada desde la Puerta del Sol hasta la Puerta de Alcalá. La
información ofrecida por las “observaciones generales” se ve respaldada en el
cuadro de los kilómetros recorridos por el viento en diferentes periodos del
día con valores bastante altos que aumentan conforme avanza la tarde,
recorriendo entre las 3 y las 6 de la tarde 133 kilómetros , la
cifra más elevada para esa franja horaria durante todo el mes de diciembre. El
fuerte viento de ese día, al coincidir con unas temperaturas muy bajas, fue
decisivo para minar definitivamente la ya quebrantada salud del poeta de las Rimas.
Este es el frío
que mató a Bécquer. Personalmente, estoy convencido de ello. A esta seguridad
me lleva toda esta serie de datos que coinciden en señalar, entre las últimas
tardes del otoño, a la de aquel “día malo de invierno” -rotunda expresión con
la que termina definiendo el Observatorio de Madrid al lunes 5 de diciembre de
1870- como la de su último viaje, el que le refirió a Campillo, el que le llevó
a la muerte. Desde entonces ha estado esta fecha, “silenciosa y cubierta de
polvo” entre libros viejos, “esperando la mano de nieve” que la pudiera
arrancar de la que acabó cayendo aquella noche y la ha tenido sepultada durante
tantos años entre las muchas sombras que todavía quedan por la biografía de
Bécquer, las mismas “que deja un sol que muere”, las de aquel eclipse que el
poeta pareció intuir cuando, ajeno sin embargo a su fama póstuma, escribió
sobre su muerte:
¿Quién, en fin, al otro día
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
quién se acordará?
En
la mañana del 23 de diciembre, cuando el sol volvió a brillar, el Observatorio
de Madrid recogió, por única vez en aquel invierno, la presencia del arco iris.
El que aún descubrimos, en el anubarrado cielo de la poesía actual, al volver
los ojos hacia la obra de Gustavo Adolfo Bécquer.
JUAN CARLOS DE LARA
JUAN CARLOS DE LARA nació en Huelva
el 28 de noviembre de 1965. Recientemente se le ha concedido el Premio Leonor
de Poesía a su obra Depósito de objetos
perdidos (Diputación de Soria, 2016). Con anterioridad publicó los libros
de poemas Caminero del aire (Andaluza,
Huelva, 1985), Elegía del amor y de la
sombra (Andaluza, Huelva, 1987), Antes que el tiempo muera (Diputación de
Huelva, 2000), la antología poética Memoria
del tiempo claro (Alea Blanca, Granada, 2008) y Paseo del Chocolate (Renacimiento, Sevilla, 2008). A estos libros hay que añadir el cuaderno Aquí y ahora, el pliego
Cuatro poemas y la obra dispersa aparecida en antologías y revistas
literarias españolas y americanas.
Desde 1993 dirige la revista de
poesía Hojas Nuevas. Ha pertenecido
al equipo de colaboradores de Revista de
Literatura, de Barcelona. El cantautor José Luis Pons ha puesto
música a su poesía y la ha publicado en los discos Mar de leva y Canción del
poeta del sur. Ha sido seleccionado por la Asociación Prometeo
de Madrid como una de las voces más representativas de la poesía española
actual.
Aunque ha
hecho incursiones en la prosa poética, el relato breve, la crítica y el ensayo
literario, terreno en el que ha publicado el libro Juan Ramón Jiménez, estudiante (Fundación Zenobia-Juan Ramón
Jiménez, Moguer, 2012) y algunos artículos de investigación sobre Gustavo
Adolfo Bécquer, Juan Carlos de Lara se expresa mayormente a través de una poesía
dotada de sencilla naturalidad, donde la intensidad lírica se asienta sobre una
clara estructura rítmica, según expone Ramón Reig en su Panorama Poético Andaluz.




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