LOLITA:
LA LENGUA Y EL PLACER ESTÉTICO
Lolita, publicado en París en 1955, es el libro más conocido
de Vladimir Nabokov, escritor ruso de cuna aristocrática cuya familia se exilió
a Alemania en la época de los bolcheviques, lo que inauguró su sentimiento de
permanente desarraigo. Este lo sufrió especialmente en Estados Unidos, la
antítesis de Rusia en ese momento, país donde se ambienta gran parte de la
trama a veces tan road movie y cuya matriz lingüística es
ese inglés que aprendió de pequeño gracias a sus institutrices y que usó tan
musicalmente, casi como nativo, al escribir esta novela. Lo-lee-ta,
aparece al inicio de la novela en su idioma original, una pronunciación
como un viaje fonético de la lengua humana a través de tres sílabas,
acostándose al final sobre la parte trasera de los dientes.
Dos películas se han basado en este libro: la de Kubrick primero (1962) y la de Lyne (1997) después. La de Kubrick parece ser más reconocida —¿por la trayectoria del director? — y en ella la nínfula de Humbert Humbert goza deliberadamente de más tiempo sobre este mundo, creemos que para no herir susceptibilidades. Suponemos, mejor dicho. Añadiéndole un par de años a Dolores Haze para quitarle inocencia adrede, sin lograrlo, afortunadamente el título de la película remite inmediatamente al libro. Siguiendo este camino, de ser posible, que quien lo lea se dirija al original en inglés; las traducciones traicionan, lo sabemos, sin desmerecer ese gran trabajo que ha generado tantos lectores hinchas de sus autores, los que no podrían conversar entre ellos —culpen a la Torre de Babel— aunque hayan disfrutado de los mismos libros en sus idiomas respectivos.
Si en la traducción al español de Francesc Roca los
juegos con el logos, las imprecaciones y elocuencias del francés,
los trucos precisos, los números interrelacionados y las pistas detectivescas e
irónicas tan propias de Nabokov saltan a la vista a medida que se lee y examina
el texto, seguramente en el inglés en el que fue escrito estos detalles son más humbertianamente escabrosos
y, por qué no, sabrosos. Porque al aproximarse a sus palabras es necesario
analizar, interpretar, investigar, volver, releer, lo cual confirma en ese
genial paroxismo llamado Pálido fuego. Es lo que logra el
escritor, en este caso alguien que se sienta frente a ti y empieza a contarte
una historia con el fin de deleitarte y sobre todo confirmar con un rictus
satisfecho que sus ideas sobre la literatura tienen mucho sentido si las puede
demostrar con su propia ficción, teniéndole a ella como base de su propia
fuerza artística e intelectual.
"Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida
en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es
decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros
estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la
norma." (Nabokov)
Las traducciones traicionan, sí o sí, y lo mismo
parece reconocer Nabokov en el epílogo de 1956 cuando alude a eso que dijo un
crítico norteamericano sobre la novela, tildándola de una aventura amorosa del
escritor con la novela romántica. ¿Romántica? Por ningún lado, no hay
consentimiento en la mayoría de los encuentros, ni siquiera es erótica del
todo, pues nunca es explícita, siempre hay un desvío; manda la psiquis
atribulada del personaje elegante, patético y caricatura de centroeuropeo,
provocando la sonrisa del lector a cada capítulo de la tragicomedia. Pero
vamos… dice el autor, sobre el comentario del crítico: la novela parece más una
aventura de amor, como la de Lolita y Humbert el Terrible, entre Vladimir y la
lengua inglesa, entre la debacle íntima de tener que abandonar su ruso natural
y las costumbres que refleja, aquel que usaba para narrar y maldecir cuando daba
sus primeros trompicones literarios y mofarse del moralismo a ultranza, en pos
de poder adaptarse al Estados Unidos de mitad del siglo pasado, tan apegado a
la educación formal de la ética; racista y católico, para ilustrar. Así y todo,
es una novela impresionante, idealista en su gesto contra el psicoanálisis de
Freud y los símbolos de Jung, inolvidable en su acción de abominar de una
sociedad inundada en tabúes que no da paso a la diferencia de un hombre que se
sabe pagano y violador de las buenas costumbres. Un personaje
que además se siente irremediablemente impotente y reprimido, aunque ojalá
comprendido por quien lea su historia escrita en la prisión, donde se encuentra
por aparentes desviaciones cuya procedencia intenta desentrañar.
"Esperaban esa sucesión de escenas eróticas cada vez
más fuertes; cuando éstas se detuvieron, también se detuvieron los lectores,
aburridos, y abandonaron el libro. Sospecho que éste es uno de los motivos por
los cuales en ninguna de las cuatro empresas editoriales leyeron el original
hasta el fin. No me importó que lo consideraran o no pornográfico. Su negativa
a comprar el libro no se basaba en mi tratamiento del tema, sino en el tema
mismo." (Nabokov)
¿Cómo habría sido Confesiones de un viudo de
raza blanca, el título alternativo que enuncia el falso prologuista, de
haber estado escrita en ruso? Muy distinta, puede ser, aunque sería necesario
aprender el idioma para averiguarlo. Con probabilidad algunas escenas de amor
forzado tendrían una visualidad distinta y habrían resplandecido más las
costumbres entre las cuales creció Nabokov, la idiosincrasia de San
Petersburgo, el paisaje conformado por sus amigos y las personas de su
juventud, la infinita capacidad de expresión y comodidad que entregan las
lenguas y dialectos propios —la riqueza léxica del ruso a sus ojos— que ven
nacer y decir sus primeras palabras a los vástagos de su tierra. Y
probablemente, también, habría sido prohibida en Rusia solo por ser él su
autor, y por lo tanto habrían existido menos opciones de ser rechazada por
todas las editoriales que la rechazaron en Estados Unidos, todo esto
dependiendo de la inventiva del eventual traductor del ruso al inglés. Pues, a
pesar de que el narrador elude el cliché sonoro y anafórico del erotismo y la
pornografía, hundiéndose en un pantano mental para explicar cómo se acerca y
penetra el cuerpo pubescente de la nínfula, juguetea con claves
maliciosas que prevén las respuestas que recibió por parte de los
editores, las que decían más o menos así: cambia el protagonista de niña a niño
granjero (¿por qué?); haz menos extensa la segunda parte; no hay ninguna
persona buena en el libro; nos van a encerrar a los dos si la publico.
Lolita provoca placer estético e
incluso va más allá al llamar al escándalo con su originalidad y las
piruetas lingüísticas. Es un círculo virtuoso: el hecho de que el
protagonista sea un pedófilo y su amada una niña de metro
cincuenta incita a la lectura. Luego, lees la novela. El miedo de Humbert. La
sensualidad de Dolly. El hombre que vislumbra revolucionado los ojos sugerentes
de la pequeña tras sus gafas de sol. Éxtasis. La unión de ambos. Placer estético.
Finalmente, te asombras de las técnicas y asistes a sus libros para entenderlo
cada vez más, porque te queda la impresión incontestable de que siempre vas a
volver a él. Con su historia, como quiso y consiguió, Nabokov nos seguirá
hablando mediante Humbert desde la cárcel. Y la conmiseración surgirá cada vez
que él quiera.
Luis San Martín
Cofundador y administrador de
Loqueleímos.com. Licenciado en Lengua y Literatura.
Lector por necesidad.
Editor como excusa para leer. Si hay responsables,
son William Faulkner, Carl
Sagan y Roberto Arlt.
www.loqueleimos.com/2015/10/columna-lolita/





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