HUELLAS EN LA PIEL
Y
JAIME GIL DE BIEDMA
Tatuarse unas cuantas palabras en la piel, unas
palabras que formen un verso. Pero no unas palabras cualquiera, ni un verso que
simplemente contenga algo de belleza, sino aquel que nos defina, aquel que al
unirse la tinta a nuestra piel, sea nuestra más íntima esencia, un recoveco más
de nuestra alma. Porque a la poesía pertenece una clase de sabiduría antigua,
que no encontramos en ninguna otra arte, esa sabiduría de los que han vivido
mucho y han decidido contárnoslo. Nos lo dicen en tono de confidencia, como
decimos a nuestra nueva amante el más oscuro de nuestros secretos, o contamos
nuestros verdaderos miedos, cuando hemos bebido demasiado y ya han encendido
las luces del bar y todos se alejan, quizás para siempre.
Tatuarse para recordar aquellas noches en
Granada, allá por el año 1992, cuando leíamos a Ángel González y a Gil de
Biedma en aquellas viejas ediciones de Alianza, cuando todo estaba aún por
decir, libros hoy de hojas amarillentas como nuestras esperanzas. Noches en las
que inaugurabamos la vida, como todos los jóvenes, porque poseíamos el don de
la juventud, y conocíamos el día que nos esperaba y no precisamente por el
placer. Cuando soñamos ser poetas y con la gloria de la poesía, sueño que se
tornó en la más burda de las derrotas, en el más sucio de los fracasos. Y tan
sólo nos restó seguir viviendo, sin esperanza, pero con convencimiento. Porque
en la vida todo es perder, y entendemos, -tarde, pero comprendemos-, que todo
consiste en escribir un mal poema en tono de elegía.
Pero como refugio del espanto que es vivir nos
queda la poesía, la gran poesía, la que se escribe con mayúsculas, aquella que
se dice con las copas vacías, los ceniceros sucios y agotado ya el tema de la
vida. La que nos dice que nunca volveremos a ser jóvenes y que lloraremos con
la frente derramada sobre los ansiados muslos que codiciamos, pero que ya nunca
tendremos. La poesía como lugar de encuentro, para que nos entiendan y nos
entendamos, la poesía como única sutura para las cicatrices más hondas y sucias
del alma, aquellas de las que nunca hablamos, excepto cuando escribimos un
poema.
Tatuarse unas palabras, un verso sobre la piel,
para que se vaya ajando junto a la decadencia de nuestro cuerpo, para observar
cómo se arruga ante el inclemente paso del tiempo que nada perdona, tatuarse un
verso, uno de Jaime Gil de Biedma: De la
vida me acuerdo, pero dónde está.
Ismael
Cabezas
Ismael
Cabezas (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1969)
Graduado Social por la Universidad de Granada. Ha publicado los
siguientes libros de poemas: La herencia
bastarda de los días (1999), Breve
tratado de melancolía (2001), Premio “Arte Joven de Poesía 2001”
Ayuntamiento de Madrid, En mitad de
ninguna parte (2002) ,accésit al Premio “Arte Joven Creación literaria 2002” Ayuntamiento de Madrid, El
otoño del solitario (2003), Paisaje para un ciego (2008), seleccionado
para el Premio Andalucía de la Crítica de 2009, Pisadas en la nieve sucia (2014) y Sutura (2015)
Ha
publicado poemas en diversas revistas como Karavanazine
y El coloquio de los perros. Su
obra aparece en diversas antologías como Conclave
de náufragos (2000), publicada por la Universidad de Cádiz. Es miembro del
Instituto de Estudios Campogibraltareños en su sección de literatura.



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