Apuesta en la
Hostería del Laurel:
de cómo don Juan Tenorio,
a contracorriente, sigue vivo.
BUTTARELLI: (...)
Hoy entró por vez primera
en mi hostería y, pardiez,
si hay una segunda vez,
mejor mi lengua mordiera.
¿Será posible lo que acaban de leer
nuestros perplejos ojos en el título precedente? O sea, que después de la
claudicación patria ante la oleada de calabazas con rostro y zombis sin alma,
de impelidas propuestas de trucos o tratos, de caras pintadas de blanco y
cuerpos vestidos de negro, y de otros iconos importados de allende el océano y
la tradición, ¿todavía queda un grupo de irreductibles que brindan parte de sus
otoños al mito amoroso español, y por español todavía más políticamente
incorrecto? Y no contentos con eso, ¿encima pretenden instigar a la gente para
que acuda a presenciar su incalificable acto de rebeldía? Pues parece que sí, que
se confirma la noticia, y nos consta por fuentes fidedignas que tan pertinaz
empeño va a volver a ver la luz de noviembre, esta vez desde una perspectiva
harto audaz e innovadora: desvelando a los espectadores qué ocurrió
exactamente, en la Hostería
del Laurel, entre ambos protagonistas, don Juan Tenorio y don Luis Mejía,
cuando pergeñaron su famosa apuesta, un año antes del comienzo de la acción de
la (nunca olvidada) obra de José Zorrilla.
DON LUIS:
Pues es el caso, don Juan,
que, yendo hacia él derechos,
la fama demostrarán
no el discurso del gañán
sino los estrictos hechos.
Duros tiempos los que corren. Hoy las
preferencias —especialmente las jóvenes, que son las que imperan— van por otros
derroteros. Pero jamás hay que rendirse: mientras quede en España un romántico
con ganas de dar algo de murga y llevar la contraria al paisanaje en general,
habrá Tenorio. Porque su impronta va
más allá del «mensaje» —algunos dirían «recado»— que transmite, tan discutido
en la actualidad, y con toda la razón, pues humano es reconocerlo y lo cortés
no quita lo valiente. Si Tirso de Molina, con un verso más difícil de digerir
por el público —todo influye—, condenó eternamente a don Juan, el acierto de
Zorrilla radicó en compadecerse de sus tremendos pecados abriéndole un Cielo
que así vemos al alcance de cualquiera de nosotros, al fin y al cabo pecadores
de poca monta y nula trascendencia. De ahí que la obra del escritor
vallisoletano se mantenga, como rescoldo de lo que en una época fue, aun en
núcleos pequeños y localizados —y tercos, claro que sí, y a mucha honra—, en el
incierto ambiente del teatro nacional.
DON JUAN: (...)
No se conoce cabeza
cual la suya, tan templada,
ni a nadie con más braveza,
ni que muestre más destreza
con la pistola o la espada.
Tampoco habrá que dejar en saco roto
la influencia de Don Juan Tenorio como
señuelo para difundir la afición a las tablas. Cuántas personas que en su vida
habrían pensado en acercarse a un teatro, no digamos en subirse a un escenario,
habrán descubierto una vocación dormida. Igual que para la delirante La venganza de don Mendo —aprovechamos
la ocasión para nombrar con rendida pleitesía a don Pedro Muñoz Seca—, entre otras,
en muchas localidades se organizaban representaciones que servían de válvula de
escape cuando escaseaban los medios de acercarse a unos estudios dramáticos
adecuados. Aunque fuera por la inercia, gracias a estos montajes ocasionales se
tenía la ocasión de disfrutar de los ensayos, de enfundarse el vestuario y de
sentir esas incómodas pero sensatas mariposas que revolotean por el estómago en
los minutos previos al alzamiento del telón. En definitiva, de desarrollar un
apasionante proyecto común afrontando un reto de superación personal, al abrigo
de aquellos entrañables teatros de pueblo. Y si la llama prendía, pues luego ya
se tomaba el camino que condujera al estrellato ése.
AVELLANEDA:
Que yo de esta apuesta viera
la conclusión, no lo evita
nada en el mundo; aunque fuera
lo último en vida que hiciera,
seré puntual a la cita.
Por eso le
debemos tanto a Don Juan Tenorio y
por eso algunos pretendemos, erre que erre, convento que convento y quinta que
quinta, perseverar en su recuerdo. Pero esta vez, cual si de una indiscreta
exclusiva periodística se tratara, mostrando su parte oculta, tan celosamente
reservada... hasta ahora. Sin tapujos, sin censura, sin miramientos, sin miedo
al qué dirán, vamos a entrar como unos parroquianos más en la Hostería del Laurel para
descubrir cómo trabaron conocimiento Tenorio y Mejía y cómo se cruzaron sus
voluntades hasta desembocar en la apuesta de muertes impías y amores burlados de
la que, al año justo, habrán de rendir cuentas en el mismo lugar. Se ha podido
constatar, por las susodichas fuentes, que el atrevimiento no va a quedarse sólo
en el fondo, sino que asimismo pasa a la forma: tan avanzado ya el siglo xxi, al autor de Apuesta en la
Hostería del Laurel no se le ha ocurrido otra cosa que
retomar la métrica clásica y conformar su texto con redondillas, ovillejos,
quintillas, romances y décimas espinelas.
CENTELLAS:
Brindo por que en carnaval
nos acoja esta hostería
para saber del final
de la apuesta colosal
entre Tenorio y Mejía.
Qué le vamos a hacer si las vanguardias
disponen otras costumbres para la última noche de octubre. Acojámoslas con
cortesía y disfrutemos también con ellas, que cuando tantos se unen gozosos,
algo de aceptable tendrán. Pero, qué diantres, guardemos un poquito de nuestros
sentimientos para las que han formado parte de nuestras vidas y de las vidas de
nuestros antepasados. Por este motivo, tras el furor que un año más han dejado los
neorritos de marras, se va a dedicar una noche de noviembre a conservar la
llama que ha mucho prendió y que, por justicia, nunca debiera apagarse. El
acontecimiento, al margen de su repercusión, puede ser considerado como el
auténtico estreno, luego de transcurrir 171 años —ahí es nada— de la
publicación del drama romántico Don Juan
Tenorio. Porque son conocidos sus siete actos (cuatro en la primera parte y
tres en la segunda), pero aún se custodia en secreto el «acto cero», merced al
cual tendrá sentido toda la trama posterior. Precisamente ese acto inicial es
el que será puesto en escena, por fin, dentro de un breve periodo.
GASTÓN:
Gastón, señor, es mi nombre,
no sé quién me lo impusiera,
pues no conozco familia
de sangre ni parentela,
e ignoro mis apellidos
para mayor referencia.
Eso sí, antes de consumar la osadía y
de que el mundo caiga en la cuenta, pidamos perdón por anticipado a don José
Zorrilla y Moral. Suponemos que, allá donde se encuentre, se alegrará de saber
que unos románticos como él se han embarcado en esta aventura de revelarse
rebelándose —o rebelarse revelándose—, y por ende estamos seguros de que, como
a su más famoso personaje, nos concederá su infinita indulgencia. No en balde,
uno de los temas del romanticismo es el amor después de la muerte. Pues con Apuesta en la Hostería del Laurel
se demuestra una vez más que el amor (a la obra) ha triunfado tanto tiempo
después de la muerte (del autor), hasta el extremo de proclamar admiración por
aquélla y argumentar la necesidad de que continúe entre nosotros, consagrándole
horas, días y hasta semanas de entusiasmo colectivo. Porque no hay peor muerte
que pasar de moda, afirmamos con absoluta rotundidad que el Tenorio nunca pasará de moda.
CIUTTI:
Es mi nombre Marcos Ciutti;
soy de familia modesta (...).
Con muchas incertidumbres,
pude ver la luz primera
en un poblacho mugriento,
pero no el que más, de Génova.
«Y
la apuesta fue...». Pues ¿por qué no pudo haber sido así? Sevilla, 1544, postrimerías
del reinado de Carlos I... La llama continúa encendida.
Antonio Sala
Apuesta en la Hostería del Laurel
De cómo
Mejía retó a Tenorio,
dio éste
dictamen aprobatorio
y ambos dos
luego tomaron doncel
Drama en un acto basado en Don Juan Tenorio, de José Zorrilla
Grupo
de actores de Ars Creatio
Texto:
Antonio Sala Buades
Dirección:
Eliseo Pérez Gracia
Estreno:
sábado, 14 de noviembre de 2015,
en
el centro cultural Virgen del Carmen (Torrevieja)
19.00 y 21.00 h.
19.00 y 21.00 h.
Entrada libre hasta completar el aforo







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