ENTRE LAS SÁBANAS, CON MALDOROR
Es
cuando te has marchado, dejando un reguero de espumas y resina entre mis dedos
y en la frágil humedad de mi lengua, que la noche me descubre solo y desnudo y,
abochornada, decide apagar la luz de la habitación.
Te
lo digo siempre: la luz encendida durante la batalla, pero corre su telón de
tungsteno y halógeno al marchar: la derrota es vergonzosa, siempre.
No
obstante, hoy que las sábanas calibran aún el peso ingrávido de tu sudor,
decido salir del lecho para tomar entre mis manos, una vez más, Los Cantos de Maldoror. Acaricio su lomo
sádico y amarillo reloj, remoloneo sus páginas de arañazo, menstruo y pedernal,
acribillo mis pupilas con su tipografía de espanto, y me abandono a tu
recuerdo, aunque aún no habrás llegado ni a pasear cuatro calles en busca de
taxi libre. Abandono el volumen entre mis piernas, para contemplar cómo devora los
residuos de tu amor de guerrilla urgente.
Son
como 146 años los que han pasado desde que un precavido editor accediese a
imprimir poco más de diez ejemplares de este libro maldito, ante la insistencia
enajenada de su autor, un tal Isidore
Lucien Ducasse, autodenominado para la ocasión como Conde de Lautréamont. No son muchos 10 ejemplares. Tal vez sólo
pretendiese, el citado editor, erradicar la molesta insistencia del presunto
literato. Como tantos hoy –tantos editores, quiero decir-. Y, a pesar de los
ríos de tinta vertidos intentando alcanzar la mar de la comprensión de tal
artefacto literario, pocos, por no decir ninguno, de los llamados críticos, han
ofrecido aún lectura coherente de la excelsa incoherencia que reina entre sus
páginas. Incoherencia brutal e inapelable en su lírica, como la del amor entre
tus brazos... esa otra forma de poesía.
De
nuevo, releo sepulturero, es hermoso
contemplar las ruinas de las ciudades, pero más hermoso es contemplar las
ruinas de los humanos, y comprendo que, efectivamente, es hermoso, a pesar
de todo, asistir a las intenciones de reseñar, criticar, analizar, estudiar la
obra de Ducasse que tantos y tantos han emprendido en libros, revistas, blogs y
demás vehículos de lo vacío. Quiero decir que al leer cualquier intento de
análisis de los citados Cantos de Maldoror,
asistimos, ineludiblemente, a la contemplación de la ruina humana. Qué era el
Conde, por tanto, ¿endiablado dios o endiosado diablo? ¿Acaso no era humano? Lo
ignoro pero me permito considerarlo: la humanidad no dispone, habitualmente, de
los medios que empleó Isidore Ducasse, para exacerbar los sentidos, en su obra
literaria.
De
nuevo me veo frente al demiurgo verdadero. Un dios muy distinto al que proclaman
religiones y credos. Un personaje sádico y cruel siempre, caritativo y tímido
en ocasiones: Maldoror: milagrosa representación de todo lo que de sucio y
absurdo acarrea el ser humano en su valija de espanto e idiocia. Por eso me
zambullo de nuevo en sus páginas de mar bravía y le acompaño a violar vírgenes
y desmembrar infantes, mientras rememoro la pérdida de huella dactilar en el
insondable cántaro bizarro de tu matriz incandescente, hace no mucho, y deseo
tenerte cerca para morderte el corazón y la vulva, como haría el más
equilibrado de los desequilibrados que ha parido la Historia de la Literatura.
Cierro
las páginas para acudir, goloso, a la resurrección de la carne que, en esta
ocasión, no sucede al tercer día… apenas han pasado tres horas y la sangre ya
me rediseña los grandilocuentes senderos de la piel, reanimándome el ánima que
anima al animal que me habita. Mezclo humedades en las sábanas revueltas. Las
tuyas aparentaban tan solitarias que no pude evitar proporcionarles compañía.
Al fin y al cabo, es lo que hace Maldoror en sus Cantos: acompañar al perplejo lector por un violento laberinto de
sensaciones líricas difíciles de encajar en soledad. Porque no es fácil
enfrentar las pesadillas, ya lo decía Leopoldo
María Panero. No en soledad. Y Lautréamont comprendió que el barro del que
dicen nos moldeó a los humanos algún dios envidioso y combativo tomó forma de
canción nibelunga en que la alucinación y el delirio marcan compases eternos.
Somos mal, somos violencia, somos vertedero de buenas intenciones y fragua de
concupiscencias sádicas. Así lo supo ver aquel joven nacido en el Uruguay y del
que poco se sabe y nada más debe investigarse mientras sigan sucediéndose
ediciones de sus Cantos, a ser
posible sin prólogo alguno de críticos que nada critican y sólo se entregan,
cuando lo pretenden, al ejercicio de onanismo que ensaya el esquizofrénico aniquilado
por los electroshocks, cada noche, en la acolchada soledad de su presidio.
Porque, ya lo advierte Maldoror, al asegurar que hay quienes escriben para lograr los aplausos humanos mediante nobles
cualidades del corazón. Él no. Él lo tiene claro: yo hago servir mi genio para representar las delicias de la crueldad,
o sea, como hoy, todos, políticos, gobernantes, mercachifles, comerciantes y,
sí, también el vecino del 2º izquierda, el conductor del taxi, la dependienta
de la tienda de la esquina, la camarera hastiada de que el viejo de turno
pretenda rozarle los pechos, aparentando despreocupación, cada vez que ella le
acerca un nuevo café a la mesa, los que nos rodean, nosotros mismos, podencos
todos de la jauría despiadada del todo vale con tal de satisfacer los propios
instintos, porten estos la catadura moral que sea.
Así
que retorno a sus páginas para embadurnarme en la poesía brutal e inconexa de
la vida en movimiento… como el oscilante ajetreo de tu grupa de amazona
desquiciada cuando me cabalgas, con el aroma de hospital de la bombilla
halógena recomponiéndote el perfil y abultando el brochazo de obsidiana que mis
garras perpetran en el rugir salobre de tus pechos. Ahora que la noche aúlla la
gana de cópula de canes en celo, desordenando nubes como navíos y despertando
bisagras, leo que a Maldoror le dijo su madre que los perros tienen sed de infinito, como tú, como yo, como todos los
otros humanos de rostro pálido y alargado. Y la sabiduría materna ha de
respetarse –no por materna, sino por experta-, así que guardo silencio, cierro
el volumen y pienso en escribir una reseña de Los Cantos de Maldoror.
Sentado
frente al teclado, reflejada mi tibia desnudez en la pantalla, descubro que no
podría ir más allá de recordar que la vida de Isidore Ducasse fue breve,
fallecido a los 24 años, nacido en Montevideo a pesar de transcurrir su vida en
París, que su padre era diplomático y poco más se conoce de sus lazos
familiares o sentimentales, que además de Los
Cantos de Maldoror que decidió publicar bajo el nombre de Conde de Lautréamont,
sólo escribió otros dos brevísimos volúmenes a los que denominó Poesías, que a pesar de las mil teorías
acerca del seudónimo con que firmó su obra magna nadie aún puede aseverar la
razón verdadera del mismo, que los surrealistas le adoptaron como Padrino siciliano
antes incluso que al mismísimo Rimbaud, que estudiosos aseveran que tal obra
literaria fue inevitable producto de una inmisericorde enfermedad mental, que
sus Cantos retorcieron para siempre los
senderos de la poesía, y que hace 146 años fueron publicados por vez primera en
su total y noble extensión estos versos en prosa que sitúan frente a la
sensibilidad del lector el espejo deformante de las bajezas humanas para
recordarle que está hecho a imagen y semejanza de un dios que aún celebra,
ebrio, su torpe creación, de burdel en burdel. Y ya sabemos qué ocurre con eso
de las efemérides. 146 no es cifra redonda, ni capicúa, ni reseñable en
general, pero habrá mil y un críticos literarios o escritores ansiosos por
completar una columna que aprovechen la ocasión para volver a narrarnos lo
mismo de siempre… como yo, que he acabado hablando de Lautréamont cuando lo que
deseaba era hablar de ti, de tu cuerpo de nínfula prudente y tu sonrisa de
novicia liberada.
Supongo
que tenían razón los surrealistas, y esto es lo que ocurre cuando uno deja
campar a sus anchas al lorquiano duende del subconsciente: queriendo hablar de
ti hablo de Los Cantos de Maldoror; deseando
glosarte apostillo su prosa grandilocuente, feroz, salvaje y sublime… como la
dictadura de tu piel.
Ya
manché las sábanas.
De
inmediato haré lo propio con las páginas de este libro.
Pero
lo hago sólo en conmemoración tuya.
Porque las estrellas son
tuyas.
¡Amén!
PABLO CEREZAL
Escritor, articulista y guionista. Irrumpe en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012), escrita con una prosa atrevida y de elevada calidad. Este año se ha publicado en Bolivia (y lo hará, en breve, en España) Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre) (Editorial 3600), volumen de crónicas escrito a cuatro manos junto al galardonado autor boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Su palabra toma vida en los líricos y mordaces artículos de sus blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), antología que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en la mítica publicación Vinalia Trippers. Asesor de guion en el premiado documental Quinuera (Rodante Films, 2014), y activo colaborador en numerosos medios escritos, como Frontera D (España), La Razón (Bolivia), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina).




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