EL AMOR CON PRISAS
De vosotros,
los jóvenes,
espero
no menos cosas
grandes que las que realizaron
vuestros
antepasados.
Ángel González
Por ahora, los
jóvenes no tienen previsto envejecer. Consideran, tal vez, que la decrepitud es
una maldición que siempre recae sobre los otros, sobre los que ya nacimos
renqueantes como viejos, porque ellos, los jóvenes, ni se imaginan que los
demás también tuvimos veinte años, que también devoramos nuestra porción de los
días y las noches, que tampoco dejamos que el amor palideciera, porque el amor,
cuando es joven, teme más a las arrugas de la piel que a las del corazón.
Escribe Germán Guirado que “el amor / o es urgente / o no es amor”. Y de
urgencias nadie sabe más que los jóvenes, pues se diría que nuestros muchachos no
aspiran a vivir más de cinco minutos.
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| Cartel de la película “The
Bridges of Madison County” (Warner Bros / Amblin Entertainment / Malpaso Productions, 1995). |
Con el paso de
los años, descubres que el amor sigue fluyendo a través de las edades del
hombre, pero ya se trata de un amor inesperado que puede sorprenderte en
cualquier momento, en cualquier lugar, igual que sorprendió a Robert Kincaid
cuando llegó al centro de la
América profunda para fotografiar los puentes de Madison, o que
puede esperarte austeramente, durante decenios si es preciso, hasta ser
correspondido, como le sucedió a Florentino Ariza, aquel poeta enamorado de la
ciudad de los virreyes. Decididamente, nadie está a salvo. Miren si no a estos
dos tipos solitarios, ya entrados en años, amando sin miramientos en una etapa
de la vida en que la pasión, de existir, lo hace por debajo de la mesa, a
hurtadillas.
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| Portada de”El amor en los tiempos del cólera”. |
Dos tipos que representan a dos edades nunca idealizadas del amor,
porque la vida -créanme- es caprichosa y no siempre coloca a una Francesca Johnson
a la salida del instituto ni tiene por qué servirte en bandeja a una Fermina
Daza cuando apenas se tienen quince años y unos pocos versos que ofrecer. Ah, el
amor que puede ser muchas cosas, pero que para estos amantes tardíos debió ser,
ante todo, espera, renuncia y paciencia: “Hace un siglo me cagaron la vida con
ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes, y ahora nos lo quieren
repetir porque somos demasiado viejos”. Así, estoica en la desesperanza, se
lamenta Fermina Daza después de una vida entregada a la felicidad aparente.
Ella, que al igual que Francesca Johnson, ha sufrido el dichoso devenir de su dichoso
matrimonio. Les hablo de matrimonios sumamente felices, matrimonios que han
sabido envejecer asentados en la estabilidad sin apenas rozar el caos que les
rodea, sin experimentar la perplejidad de este mundo anárquico, verdadero, por
el que deambulamos todos los demás y que se expande más allá de su lecho
conyugal. No intenten llevarme la contraria: ¿Qué pensarían ustedes ante dos
mujeres virtuosas, madres intachables preocupadas únicamente por el destino de
su prole? ¿Y ante sus amadísimos esposos, tipos sin enigmas que gobiernan con
una suave mano de hierro el imperio de la rutina, tan prósperos en sus
costumbres inalterables, tan afectuosos, seguros y templados? ¿Qué pensarían
-díganmelo- de estos dos matrimonios etéreos que se aman con ese saber estar
cotidiano sin tocarse, / repito, pero juntos, / irreparables, / tenazmente
próximos, que escribió Ángel González?
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| Clint Eastwood y Meryl Streep. |
Quien haya tenido
la suerte de ver Los puentes de Madison o de leer El amor en los tiempos del
cólera sabe muy bien que nos encontramos ante dos formas muy diferentes de amar
y de narrarlo: dos historias que nos estremecen en manos de dos de los más
sobresalientes narradores de nuestro tiempo: el amor maduro y el amor anciano:
el amor inesperado y el amor paciente: amores pasionales que temen que todo
acabará muy pronto sin ni siquiera haberse acabado. Escuchen a sus
protagonistas: “Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me
alegro de haberlos tenido”, es el testimonio irrebatible de Robert Kincaid, un
tipo consciente de la fugacidad del tiempo; “Va a ser como morirse”, musita,
por su parte, Florentino Ariza. Ambos se saben presos de un amor que, tarde o
temprano, les acabará matando, un amor que, desde fuera, percibimos legendario,
mágico, gracias al deliberado lenguaje folletinesco que esgrime García Márquez o
al dramatismo de ese silencio que nunca se calla en los planos más poéticos de
Eastwood, planos gobernados por la dulce sonrisa amarga de Maryl Streep o por la
hosquedad devenida en tristeza de ese enorme actor con tan solo dos registros -“con
sombrero o sin sombrero”-, como lo conceptuó erróneamente Sergio Leone.
Les hablo de amores
que, por muchos años que pasen, siguen aquí, entre nosotros, refugiados en el
silencio de la memoria compartida, brotando de cualquier cajón mal cerrado, sobreviviendo
en las miradas atónitas de nuestros hijos. El amor de los ya muertos que todavía
persevera en cartas de cuidada caligrafía, que se expande por entre renglones de
enigmático pulso, renglones, cálidos o desvaídos, en los que aún anochece la
pasión, el miedo o la crueldad del tiempo inapelable, renglones comedidos que
navegaron hacia la muerte a bordo de caricias epistolares. Convengamos que el
amor, si anhela perdurar, debe sostenerse sobre un esqueleto de tintas. Porque
el amor es la pasión y su huella. Lo
constató Caballero Bonald al decir que “se me ha olvidado todo lo que no dejé
escrito”.
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| Eastwood se deshace bajo la lluvia. |
Descendiendo el
curso mitológico del río Grande de La Magdalena , uno lee cosas como ésta: “Es la vida,
más que la muerte, la que no tiene límites”. La vida, tan fabulosa que sólo
puede narrase fabulando, haciendo jirones los convencionalismos, huyendo cada
día del qué dirán, convirtiendo en harapos nuestra rutina para salir desnudos
al cine, o a la literatura, y darnos un baño de bendita irrealidad. Porque una
buena película, o un buen libro, -como es el caso- pueden cambiar nuestro día a
día, concediendo a lo que vamos imaginando (qué bendito es el estado de la inconsciencia)
la categoría de una certeza. Miren: después de conocer a Francesca Johnson, se
diría que el amor no es otra cosa que la indecisa mano de mujer madura que roza
la manecilla de la puerta de un coche detenido detrás de otro coche en el que
llora un hombre, ambos ante el semáforo en el que se bifurcarán sus vidas; o tal
vez sea ese barco de vapor que surca, coronado por la bandera amarilla de la
epidemia, el río Magdalena, el barco en el que confluyen los afluentes del
pasado y el presente, un pasado que apenas ocupa ya espacio en la memoria
olvidadiza de los viejos amantes, seres renqueantes en un amor colmado de
achaques. Ese pasado quebradizo es la memoria que justifica la travesía inagotable
que podría durar toda la vida. “Era como si se hubieran saltado el arduo
calvario de la vida conyugal, y hubieran ido sin más vueltas al grano del amor”,
escribe Gabo con maestría. Un hombre plantado ante un semáforo que parece
desconocer el color verde: otro hombre plantado ante una viuda en una casa en
la que aún se respira el sopor de la muerte: dos hombres que desafían al
fracaso porque saben que después de ese momento seguirá la vida, aunque ya no
será vida.
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| Gabriel García Márquez. |
A mí, hace
veinte años, alguien insultantemente joven me dijo que había malgastado su
dinero en el cine, que no merecía la pena pagar por ver a dos viejos babeándose.
Y, tal vez, sin saberlo, le hice caso, porque tardé mucho tiempo en sentarme a
ver Los puentes de Madison. Recuerdo que la vi una noche cualquiera, sin
grandes expectativas, después de cerrar la novela que acababa de concluir. El
amor en los tiempos del cólera había desenmascarado a un amor oculto que yo
desconocía. Se trataba de un amor nunca mencionado. Nunca idealizado: un amor
de viejos que nunca obtendrán del todo el beneplácito de sus hijos: un amor que
vive en los sueños postergados de quienes no tuvieron juventud: un amor apremiante
que sospecha que la muerte permanece agazapada a la vuelta de la esquina: un
amor de manos que apagan la luz para no demorarse en las arrugas de la piel: un
amor de ciegos que se buscan entre las sombras: el amor que quisiera para cada
uno de vosotros. Pues de vosotros, los jóvenes, no espero menos que de estos
cuatro amantes crepusculares, cuatro amantes que ya no tienen quince años pero
que saben que si el amor no tiene urgencias, no es amor.





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