La última vez que estuve en el Casino
de Madrid, al que acudo con relativa frecuencia por motivos de trabajo, tuve la
ocasión de comprobar, con gran tristeza y consternación, que la venerable
institución de la calle de Alcalá ha sido miserablemente macdonalizada. Uno
había llegado a convencerse, ingenuamente sin duda, de que a pesar del
imparable proceso de estandarización que asola el planeta siempre quedarían
ciertas cosas que no cambiarían nunca. En realidad se trataba de ejercicios de
lo que en inglés llamamos wishful
thinking; es decir, de la muy humana costumbre de obstinarse en ilusiones
que en el fondo uno sabe que son espejismos mentales.
La primera cosa que me chocó fue
toparme en el pasillo de la entrada con un macaco mal trajeado que intentó
impedirme el paso. El cretino en cuestión era claramente un cuerpo extraño;
joven, aséptico, con rasgos físicos totalmente desprovistos de carácter y ese
aire de mediocre chabacanería mercantilista que se encuentra uno en
representantes de casas comerciales, jefes de sección de grandes almacenes y
mandos medios del sector bancario. Llevaba una chapita en la chaqueta, de
diseño rectangular, en la que se exhibía en negro sobre crema un nombre. Eso
también me chocó, y mucho; el suceso, y todos sus detalles, eran insólitos.
Normalmente te encontrabas en la entrada con una hermosa pero discreta
señorita, que no se dirigía a ti a menos que tú te dirigieras primero a ella, y
que te atendía con comedida solicitud y afable reserva en el caso de que quisieras
dejar el paraguas en el mostrador de recepción o el abrigo en el guardarropa.
El estilo de este imbécil no tenía nada
que ver con lo descrito. Se me echó encima con los brazos alzados y las palmas
de las manos extendidas, en típica actitud de cancerbero con exceso de celo,
para preguntarme que a dónde iba.
Sentí que me recorría de los pies a la
cabeza, para luego ir a parar con un golpe de martillo pilón al epicentro de mi
plexo solar, el latigazo de electricidad que desata mis desafortunados pero
cada vez más frecuentes ataques de fulgurante cólera nerviosa.
—Pues ya que me lo pregunta —le
contesté, luchando sin demasiado éxito por conservar la calma—, vengo a un acto
que se celebra aquí esta mañana.
—¿Qué acto, caballero?
—Un acto, ya le digo, que se celebra en
el Casino esta mañana.
—Sí, pero dígame cuál, si no le
importa. Para esta mañana tenemos cuatro actos programados.
—No me diga. Pues mire, lo siento
mucho, pero no puedo decirle exactamente a dónde voy, porque no lo sé muy bien.
He quedado aquí a las once con una colega.
Lo cierto es que aquello era verdad; no
sabía con certeza cuál era el nombre o título del acto al que me dirigía, ni
conocía los pormenores exactos del servicio. Eso es algo que a los intérpretes
nos pasa bastante a menudo, y aunque suene raro no tiene nada de particular;
dependemos de la buena voluntad y de las dotes organizativas del cliente que
nos haya tocado en suerte, que en muchas ocasiones suelen ser escasas, por no
decir nulas, y nuestro trabajo, las más de las veces, es un puro albur. De
todos modos, aunque hubiera conocido en aquel momento los detalles del asunto,
al macaco aquel ya no le hubiera dicho nada ni aun conminado a punta de
pistola.
—Pero bueno, usted sabrá a dónde va,
caballero. Tenga en cuenta que no puedo dejarle pasar si no me da la
información que le pido.
—¡Le estoy diciendo que no tengo ni
idea! —clamé, alzando ya la voz, y visiblemente alterado—. ¡Que he quedado aquí
a las once con una compañera de trabajo! ¿Me deja usted pasar a la cafetería?
¿Es posible?
Ya lo creo que era posible. De hecho,
esto último se lo dije desde lejos, a medio camino ya de la cafetería, y con la
clara y manifiesta intención de oponer resistencia física, si fuera necesario,
para quitarme de encima a aquella sanguijuela humana envuelta en su traje de
pacotilla y sus petulantes aires de sargento de cuartelillo.
El sargento de cuartelillo tuvo lo que
probablemente fuera el primer acceso de sensatez que le sorprendía ese día, y
me dejó seguir mi camino sin darme más la paliza. (A veces Dios te concede
estos respiros.)
En cualquier caso, entré resoplando de
ira en la cafetería. Y cuando alcé la vista vi a otro sujeto extraño, ataviado
con un curil uniforme de color negro —camisa de cuello sacerdotal
herméticamente abrochado, sin corbata, y botones ocultos—, secando un vaso tras
el mostrador. No era el tipo habitual, porque al enjuto y espigado camarero que
solía estar en esa barra lo conocía yo bien, de vista; era un profesional que
vestía como es debido, con camisa blanca y chaleco o chaquetilla negros, y
corbata o pajarita del mismo color, y llevaba siempre el pelo cortado como
también mandan los cánones. El sujeto que con inexpresiva mirada ausente me
contemplaba ahora desde el otro lado del mostrador era medio calvo y patilludo,
de generosa barriga colgante y rostro sonrosado y fofo (una de esas blanditas y
repelentes caras de no fumador). Lucía el habitual rape à la mode que exhiben tantos alopécicos que en tiempos recientes se
las quieren dar de modernos, y dos o tres días de barba rojiza, de ésas que
llaman «de diseño».
© María Simó
—Oiga —le dije, sin mediar preámbulo alguno, y con el aliento aún ligeramente entrecortado—, ¿sabe usted quién es ese individuo de la entrada?
—Perdone, ¿cómo dice?
—Ese individuo de la entrada. ¡No
quería dejarme pasar!
—Bueno, tiene que preguntar a la gente
a dónde va. Si no, podría entrar cualquiera.
—Pero antes no había nadie en la
entrada. Yo llevo años viniendo por aquí, y nadie me había parado nunca. No soy
socio del Casino, aunque estuve a punto de serlo; pero vengo con relativa
frecuencia. En esta cafetería estuve precisamente hace muy poco, haciendo una
entrevista. Siempre se ha podido entrar.
—¿Cuándo fue eso?
—Bueno, no lo sé. Quizá no fuera hace
tan poco; pero no hará más de un año. Y no era la primera vez.
—Pues no lo sé, caballero. Aquí
no puede entrar gente directamente de la calle. Tenemos que preguntar. A veces
vienen grupos de turistas, que quieren visitar el sitio, pero no pueden entrar.
Lo que me decía el camarero no era estrictamente cierto. Si venías más o menos bien vestido, y tu pinta no era exactamente la de un delincuente, siempre había sido posible pasar. Lo curioso es que para acceder a la cafetería las normas del establecimiento exigían ir de corbata, y aquel lacayo, con su camisa de diseño, no hubiera podido llevarla aunque hubiera querido.
—Yo incluso he comido aquí —continué. Y
luego añadí, exagerando un poco y adoptando el tono ligeramente pedantesco que
es el que a veces viene mejor cuando se dirige uno a esta clase de
subalternos—: En innumerables ocasiones, se lo puedo asegurar.
—Bueno, sí. Con reserva se puede pasar
a uno de los restaurantes.
Tampoco eso era verdad. Yo nunca había
tenido que reservar mesa para comer en el Casino.
—De todos modos, y ya que estamos
—dije, pasando al ataque directo—, yo a usted nunca lo había visto por aquí.
Aquí solía haber otro camarero; un hombre más bien flaco, moreno, un poco
serio. Yo lo conocía de vista.
El lacayo me echó una miradita entre
incrédula y dolida.
—Usted de quien me habla es de Ángel.
Ya no está aquí; lo han mandado a otro sitio.
Todo aquello era de lo más extraño,
pero yo no acababa de caer. Me sentía un poco desorientado. En cualquier caso,
el camarero me sirvió un café con leche más o menos bebible, y no me quiso
cobrar. Supongo que el detalle pretendía ser una ofrenda de paz.
Poco después llegó la intérprete a la
que esperaba y pasamos al salón grande de la planta baja en el que íbamos a
trabajar.
En el transcurso de la mañana aproveché
una de mis pausas de media hora (los intérpretes simultáneos nos turnamos cada
treinta minutos; uno pasa a traducir, y el otro descansa) para darme una larga
y más tranquila vuelta por el edificio. El macaco de la entrada me echó alguna
que otra mirada, pero ya no me volvió a molestar. Estos dictadorcillos sólo se
propasan con quienes sospechan que pueden hacerlo sin peligro; si de alguna
manera creen intuir que perteneces a la jerarquía, te dejan bien tranquilo, por
si las moscas. Ir impecablemente trajeado, y envolverse en un aire de misterio,
tiene en ese sentido sus ventajas. «Así te ven, así te tratan», decían
antiguamente las abuelas; y es una gran verdad (con la que dicho sea de paso
estoy totalmente de acuerdo; ética es estética, y viceversa, y siempre lo
será).
Lo gracioso de la situación, por supuesto, es que los intérpretes, a pesar de nuestra enorme importancia (si falla el intérprete se te puede hundir el congreso, o el simposio, o la reunión), somos habitualmente tratados con mal reprimido desprecio por los organizadores de los actos en los que participamos, que nos consideran un odioso y costosísimo mal necesario, que además los humilla recordándoles que si nosotros estamos allí es porque el personal no domina como Dios manda los idiomas necesarios para hacerse entender.
Todo esto, y seguramente
algunas cosas más, se me había ido pasando por la cabeza mientras paseaba por
los conocidos interiores del vetusto edificio, que tan benéfico efecto habían
tenido siempre sobre mí; el lugar era un verdadero remanso de paz, que te
transportaba a un mundo más estático, más calmo, sereno y distinguido, que yo
nunca había conocido, aunque irónicamente fuera capaz de añorarlo, y que en
todo caso ya no es posible encontrar más que en anacrónicos escenarios dignos
de un museo, como el del viejo Casino de Madrid.
Observé, de todos modos, que los
pasillos, los salones y las salas tenían un aspecto ligeramente desmejorado, y
que algunos rincones parecían estar sufriendo los efectos de la incuria y la
dejadez: un panel de cristal roto, en una de las puertas; el aseo de
caballeros, con pequeños charcos de agua por el suelo, el pestillo del retrete
arrancado, y papeles tirados por encima del lavabo; las alfombras,
deshilachadas y llenas de manchas... El mantenimiento de un lugar como el
Casino debe de costar un dineral; una auténtica fortuna.
En el gran hall abovedado, con sus dos escalinatas laterales, que constituye
el vestíbulo propiamente dicho del edificio, me paré un momento a hablar con el
flamante ujier. Aquel hombre, con su magnífico y arcaico traje, que recuerda el
uniforme de gala de un soldado español del siglo XIX, ocupaba su sitio de
costumbre tras el mostrador de mármol situado junto a la entrada principal. Era
el único elemento del conjunto que parecía no haber sufrido la sutil
transformación que yo había detectado en todo lo demás.
—¿Cómo va la cosa? —le pregunté—. ¿Se
aburre usted mucho aquí?
—Bueno, aquí estamos. Al pie del cañón.
—Oiga..., ¿este sitio no ha cambiado?
Lo encuentro diferente. Ahora hay alguien ahí arriba, en la entrada, que te
pregunta a dónde vas. Es ese chico joven que anda de un lado para otro con un
bolígrafo y un tablero en la mano, y que francamente no es muy agradable. Y
lleva una chapita en la chaqueta.
—Sí, sí. Ya sé quién me dice.
—Y al de la cafetería no lo conozco de
nada. Lleva un uniforme diferente; una camisa negra, de ésas que visten los
sacerdotes, sin corbata, y sin chaqueta. Es todo muy raro. ¿Esto lo ha comprado
alguien? Alguna gran cadena, quiero decir...
—Pues mire —me contestó el ujier, con
inconfundible tono de resignación—, así es. Lo ha adivinado usted.
Aquel hombre, era evidente, estaba
deseando hablar; pero no las tenía todas consigo. Decidí ser absolutamente
franco y candoroso, para tranquilizarle, y al mismo tiempo tirarle de la
lengua.
Aquel hombre, era evidente, estaba
deseando hablar; pero no las tenía todas consigo. Decidí ser absolutamente
franco y candoroso, para tranquilizarle, y al mismo tiempo tirarle de la
lengua.
—¡Así que es eso! ¡Ya me parecía a mí!
De modo que el Casino lo ha comprado una cadena. ¡Es verdaderamente lamentable!
¡A dónde vamos a ir a parar!
—Pues sí —repitió el ujier—. Sí, señor;
así es. Entre usted y yo, esto es una pena. ¡Ahora somos empleados de RH! Por
eso lleva todo el mundo la chapita. A mí me han dejado, de momento, el
uniforme...
RH: la gran cadena, desde hace algunos
años ya «global», de asépticos hoteles macdonalizados, que al paso que va
acabará comprando hasta los Paradores de Turismo.
—No me lo puedo creer. ¡No me lo puedo
creer! Pero ¿es que ya no hay nada que se salve? ¡Esto es una tragedia en toda
regla!
—Pues me alegro de que usted lo diga,
porque no parece que a nadie le importe demasiado. Y no tiene remedio. Al final
acabarán con todo. ¡Y vamos a ver si no nos ponen en la calle!
—El Casino de Madrid...
—Sí, ya ve. ¡Hasta el Casino de Madrid!
Aquí no hay nada que se salve...
De regreso en la cafetería, me fijé en
que el camarero se había puesto también la chapita en la camisa. Por lo visto
se le había olvidado hacerlo antes. Le pedí otro café, sin comentarle nada más
sobre la diabólica transformación del vetusto establecimiento. Hubiera sido
inútil. A estos autómatas, por otra parte, los adiestran precisamente para
interactuar mediante diálogos estrictamente preestablecidos. Tienen, para cada
hipotética situación que se les pueda presentar, una serie de respuestas
aprendidas de memoria, que repiten mecánicamente, como magnetófonos cuando
pulsas una tecla. No pueden salirse del guión. Si los apuras mucho, se callan,
o alegan ignorancia, o falta de competencia, o te remiten a algún
fantasmagórico «encargado» que nunca está presente, o sencillamente vuelven a
su respuesta inicial, enfrascándote en un perverso juego de argumentos
circulares, totalmente vacíos de contenido, diseñados para hacerte desistir.
Lo que aún se puede hacer en la
cafetería del Casino, siempre y cuando te mantengas dentro de los límites
estrictos de las dos salas de que consta, es fumarte un cigarrito. (España de
momento sigue siendo, en ese aspecto, y a pesar de la «ley antitabaco», más o
menos diferente. Pero los mafiosos de la OMS y de la UE, junto con sus
cómplices, los criminales organizados de las multinacionales farmacéuticas, y todos
los demás interesados activistas de la industria antitabáquica, no duermen
nunca; la prohibición total es imparable, y está sin duda al caer.)
Me senté con el café en uno de aquellos
maravillosos butacones de cuero y me lié un bendito cigarrillo. Cuando lo
encendí me volví hacia el camarero, que estaba sirviéndole a alguien una
cerveza. Me fijé otra vez en el nombre que exhibía en la chapita: José Manuel.
«Ese nombre —pensé—, si no se lo han
cambiado es porque han tenido un lapsus.»
¡José Manuel! Totalmente desfasado;
inadmisible. ¡Estamos en el glorioso siglo XXI! La próxima vez que vaya por el
Casino —y a partir de ahora me temo que ya no iré más que por obligación—, no
me cabe duda de que a nuestro amigo lo habrán rebautizado.
Vivir para ver.
ROGER
WOLFE
Septiembre de 2009


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