DESOLADA CONCIENCIA…
DE CERA
Confieso sin rubor
que una de las cosas más estimulantes que le ocurrió a mi adolescencia fue el
encuentro con Museo de cera. Esa enramada de nombres, versos, espejos
enfrentados, guiños al lector, drapeados tipográficos y juegos astutos con la
tradición de las más distinguidas disciplinas culturales no es posible que deje
indolente a nadie que se atreva a recorrer con calma las salas de ese museo.
Si acaso, abrumado; y presa del estupor si, como refiero, el visitante es un
jovenzuelo en plena formación. Enseguida, bauticé una colección de poemas que
fueron naciendo, en su mayoría, al socaire de mi lectura, Ceniza en el
viento, pues había entrado en comunión con Anastasio “el Bizantino”,
trasunto (uno de ellos) del autor de esos versos que me siguen estremeciendo
siempre que los evoco: «La Luna brilla esta noche con toda su hermosura / sobre
las naves y el puerto. / La ciudad duerme. Todos tienen un sitio / que pueden
llamar suyo. / Sólo yo, el poeta, soy ceniza en el viento».
¿Quién era ese tal
José María Álvarez que, durante un tiempo, se convirtió en algo parecido a un
surtidor que, del mismo modo que manaba y proveía de imágenes y reflexión mi
poesía incipiente, acababa también por encharcar cada composición que salía de
mi mano, irremediablemente ya vicaria? Pronto me nació una gran curiosidad por
conocer en persona a quien mostraba un regusto tal por el símil enigmático y,
por tanto, agitador, nada convencional o repulido (en arte -si se me permite-,
todo lo que no perturba es pompier). Algún día, tenía yo que conversar
con un poeta quizá el más oriental (o bizantino, como su creación) de todos los
de nuestra lengua y, a la vez, con afán y dicción propios de los europeos que
dan vida a ese mundo de ayer que soñó despierto Zweig. Llegaría un
momento en que pudiera preguntarle a ese hombre cómo carajo lograba hechizar de
esa manera, embrujar los sentidos, acamar las angustias diarias, sólo con
mencionar Istanbul a tiempo, con citar a Shakespeare o el buen nombre de
Mozart como si fueran lo único que tiene sentido en este maldito segundo, y
suspirar después de gozo porque los dioses todavía permiten la degustación
animal de un cuerpo, de un vino, de la Luna casta y zorra, según, pues lo mismo
se mete hasta el fondo de la copa para endulzarla que devuelve una escaleta en
presente de la propia desolación.
No tardó mucho en
llegar ese día. Álvarez coordinaba por entonces (los noventa mediados) unas
jornadas de poesía en la ciudad de Murcia que llamaba Ardentissima. Por
el embudo de una semana escasa iban apareciendo autores venidos de cualquier
punto del mapamundi, en número tan descerebrado que, más que compartir mesa,
debían pelearse a codazos por un hueco. Desde bien temprano en la mañana hasta
la madrugada más negra, todo era un aluvión constante de recitales, debates,
conferencias, exposiciones, y además de aquí para allá, en auditorios y en
cafés de media tarde, museos y bares donde sólo hay agua en los lavabos. No me
perdí ni una. Como el beato de misa diaria, no dejé de ir (por riesgo, quizá,
de excomunión poética) a todas y cada una de las celebraciones. Sólo hubo otro
individuo que no faltara a ninguna cita, y ese fue José María Álvarez, de
manera que, al tercer o cuarto día, empezaba a mirarme extrañado -supongo- por tal
fidelidad. Me saludaba enarcando las cejas, y yo le devolvía el gesto idéntico,
sin atreverme a entablar una charla trivial con él, no tanto por timidez (que
no lo soy; aunque tampoco su contrario) sino por no parecerle imbécil. Cuando
quedaba poco para despedir aquella edición de Ardentissima, se me acercó
su creador y me dijo: «Tú escribes, ¿verdad?».
© Carmen Marí
Llamé (...en fin) Desolada
conciencia a la gavilla de poemas (todos monólogos dramáticos; la mayoría,
con nombres como el de Ovidio o Madame Bovary protagonizando los títulos) que
le dejé a Álvarez al término de aquella semana. Habría
pasado un par de meses cuando me telefoneó para citarme en el Café del Arco.
Prefiero ahorrarle al lector detalles de mi desasosiego en las horas previas a
encaminarme a aquel lugar. Baste aclarar que era la primera vez que un poeta
que forma parte de eso que, para entendernos (y, en ocasiones, también para
desentendernos), llamamos el canon contemporáneo, se avenía a leer
versos míos.
Estuvimos un buen
rato conversando; o, más bien, respondiendo Álvarez, con educación y
generosidad, todas las cuestiones sobre su poesía (y alguna sobre la
poesía) que le iba planteando con vehemencia mal disimulada. Recuerdo deletrear
los nombres y las obras de Yeats, Villon y San Juan de la Cruz (a quien, por
cierto, he visto que Álvarez, en su último libro, ha vuelto a lo lascivo).
También recuerdo cómo no se molestó, sino que trató de refutarlo con modales
exquisitos, cuando le afeé con insolencia lo que consideraba a veces en sus
libros un regodeo fácil en la provocación, la boutade o la retranca.
Creo que por precaución (mi observancia de no perderme un recital tal vez le
resultó simpática pero también algo atolondrada), le había pedido a un hijo
suyo que se acercara al Café, diría que una hora más tarde de la que me dio a
mí. El chico (de mi edad, quizá un poco mayor) llegó, saludó y tomó asiento
junto a su padre, mientras, como es obvio, yo recogía mis cosas y me despedía
con corrección y entereza fingida.
Por “mis cosas”, por
aquello con lo que cargué de vuelta a casa, me refiero a Desolada conciencia.
Poco antes de que llegara el hijo, Álvarez sacó esas hojas mecanografiadas que,
unos meses antes, yo le había compuesto y confiado, y empezó a tachar con su
bolígrafo uno tras otro todos los versos del poemario (todos no, claro está;
pero aseguro que los indultados no conformarían la decena). Por supuesto, no
había en ese gesto la menor saña. Con elegancia, con respeto, sin asomo de eso
que sí que es una vildad, y más imperdonable aún cuando se ejerce sobre poetas
noveles, como es la condescendencia, José María Álvarez fue podando (y
aclarando por qué desdeñaba cada línea) el jardín de mi cándido libro
culturalista hasta conferirle, a base de sobrelíneas, borrones y tachaduras, un
aspecto más parecido al de un mural de Basquiat.
Mi gratitud por
aquella tarde y, sobre todo, por aquella lección es duradera; por no decir
infinita. Ese ejemplar no he querido tirarlo nunca.
Alberto
Chessa
Madrid, 31 de mayo de 2014

Realmente bueno.
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