"BÉSAME/EMBRASSE-MOI"
Cómo Sherezade, el narrador de la
Recherche salva y gana su vida contando cuentos, fábulas y
leyendas nocturnas, hilando el tejido áureo cuya trama refuta el
tiempo saturnal de la historia y permite crear la matriz de una
realidad nueva.
El uso donde se teje el paño inmortal
de tan finísimos hilos trabaja insomne con las cosas muertas del
pasado, las cosas por venir fraguadas por nuestra ilusión, y las
cosas bien inmediatas de nuestra dolorida incertidumbre -trabados
tales materiales con los flecos del sudario de una vida sin sentido,
antes de llegar a descubrirse la arquitectura espiritual que confiere
una razón de ser definitiva a nuestra historia personal, errante en
la noche oscura de la marcha general de la historia; todavía
insepulta nuestra atormentada existencia en la tumba de las naderías
abandonadas, como conchas vacías, en las desérticas playas donde
agonizamos con dolor, perdidos entre los restos de incontables
naufragios. Esa trama de cosas materiales e inmateriales compone el
paño con el que se visten nuestras vidas. Esa materia propia de
nuestros sueños y tribulaciones nos permite reconocer los elementos
del puzzle con el que puede construirse un mundo nuevo, tocado con
las gracias del amor, la pasión amorosa, Eros y Logos.
En Las mil y una noches, esos
materiales de trabajo tienen muy diversa procedencia (persa, árabe,
etcétera). Y no siempre se articulan con el mismo fin: las fábulas
del libro, en definitiva, tienen muy distintos orígenes y nos
sugieren alegorías de muy distinta naturaleza. Sherezade, por su
parte, tiene muchos rostros, sin ser la narradora única.
En la Recherche, por el
contrario, toda la materia esencial de la misma y única fábula es
presentada en las primeras páginas del primer capítulo del primer
libro de la summa proustiana, Du côté de chez Swann. Por
el camino de Swann. Longtemps, je me suis couché de bonne
heure. Mucho tiempo he estado acostándome temprano. Y el
autor único del libro, forzosamente inconcluso, busca en sus
entrañas y su memoria -los territorios carnales y espirituales donde
se cruzan todas las cosas materiales e inmateriales que componen la
vida de un hombre- las semillas, argamasa y materiales de acarrero
con los que construirá un monumento verbal muy semejante a una
catedral. Esa construcción fabulosa será, al mismo tiempo, una
morada íntima -la arquitectura espiritual que le permite reconocerse
y dar un sentido a su vida- y una casa compartida con otros hombres
-la arquitectura espiritual que confiere un sentido a la tragedia
ciega de la historia-, con quienes comparte los misterios de la
palabra, el pan y el vino, los frutos gloriosos de Eros y Logos,
justamente.
Como el niño de todos los cuentos de
hadas, a quien la madre / hilandera dirige las palabras primordiales,
“Érase una vez...”, el narrador de la Recherche también
tarda en dormirse, cuando llega a conseguirlo, antes de llegar a
confundir el sueño y la vigilia, la realidad histórica, material e
inmaterial -una iglesia, un cuarteto musical, la rivalidad entre
François I y Carlos V-, con la realidad más íntima, carnal y
espiritual, de un hombre perseguido por sus pesadillas y las furias
de la historia.
A través de la palabra, el narrador
de la Recherche descubre y rotura íntimos paisajes del alma:
purísimos espejos de otros paisajes revelados a través de la trama
del relato -a la manera de las antiguas películas fotográficas,
cuyo tratamiento químico permitía asistir, en una cámara oscura, a
la revelación de realidades que el ojo del fotógrafo no siempre era
consciente de haber captado-, sugiriendo las analogías y metáforas
que nos permiten descubrir realidades insospechadas.
Así, tras las sombras de viejos
hoteles, tras la austera silueta de factorías de ciudades
manufactureras, o tras las sonámbulas hileras de obreros a la puerta
de una fábrica de productos químicos -templos, catedrales de un
tiempo sin Dios, sustituido por la nada o la producción de
mercancías desalmadas-, el narrador reconoce las huellas de un
pasado mucho más antiguo, las huellas bien inmediatas y palpables de
leyendas y milagros medievales que habíamos creído que eran cosas
de un pasado difunto, cuando, en verdad, forman parte esencial de la
arquitectura espiritual -material e inmaterial, histórica e íntima,
individual- que permite comprender nuestra manera propia y genuina de
ser y estar en el mundo que nos ha tocado vivir, que no es una isla
aislada y perdida en la oscuridad impenetrable del océano del
tiempo, si no un pedazo de la misma tierra donde viven, mueren y
están enterrados otros hombres, como nos recuerda el legendario
poema de John Donne, For whom the bell tolls...
El narrador
de la Recherche hace ese descubrimiento -esencial en la
historia del arte de escribir novelas; ya que modifica la perspectiva
del relato, donde deberán confundirse el pasado, el presente y el
futuro que el libro contribuye a crear, fraguando una realidad nueva;
de ahí su condición subversiva, revolucionaria- sin advertir, en
las primeras páginas de su obra, que las intermitencias del corazón
-el título primero y original de una Recherche que todavía
buscaba su nombre-, el relato de las tribulaciones del alma en pena,
han dejado de ser un mero sismógrafo de su sistema nervioso. Son ya,
desde el comienzo del libro, los primeros esbozos del paisaje
arquitectónico de un mundo nuevo, a la manera de una Anunciación de
Pierro della Francesca o Fray Angélico. Esa dimensión
arquitectónica del relato proustiano -echando los cimientos
espirituales de un mundo nuevo- era el tema central de mi primer
intento -ya para siempre inconcluso- de comprender el carácter
revolucionario de la Recherche. Inventando la perspectiva,
para crear el hogar áureo del nacimiento del Niño -que es la
parábola primordial de la creación y el nacimiento de un nuevo
mundo-, los grandes creadores del Quattrocento
modificaron la mirada del hombre de su tiempo, modificaron el
puesto del hombre renacentista en la escena del mundo, modificaron,
en definitiva, e hicieron evolucionar, nuestra condición de
seres humanos, capaces de crear realidades espirituales que pueden
cambiar el rumbo de nuestra historia, si somos capaces de hacer
realidad nuestros sueños, como quería el Lawrence de la revuelta
árabe.

La silueta
y los tonos alborosáceos del rostro de su primer amor serán para el
narrador de la Recherche -a la manera de muchos pintores
renacentistas y barrocos- la paleta primordial de su taller de la
gracia: muchos maestros del Quattrocento
y el Cinquecento se sirvieron de sus amantes para
concebir la carne inmortal de vírgenes y madonas, en estado de feliz
y divino alumbramiento. El primer amor del narrador de la Recherche
es su madre. Y la angustiosa espera de un beso nocturno es la materia
seminal que siembra la tierra virgen de la obra por venir, el libro
que vendrá, como un fruto del árbol crecido en la tierra sembrada
con las semillas de las primeras palabras del amor, Bésame,
Embrasse-moi.
La taza de te y la
legendaria magdalena serán más tarde -como el gorjeo de un mirlo en
las Memoires
de Chateaubriand- el motivo que muchos lectores han confundido con la
matriz de la obra. Sin embargo, ni los pintores chinos de la época
clásica ni Proust mojaban sus pinceles en una taza de te. Ni la
prosa de Madame de Sévigné, Saint-Simon y Chateaubriand -los tres
primeros “modelos” de la Recherche,
con Las mil y una noches,
que no es un modelo si no un libro de la misma naturaleza- posee la
límpida sencillez del gorjeo de un mirlo. El retratista, entomólogo
y memorialista autor de la Recherche
se sirve de los más delicados colores del cuerpo amado para dar a
sus paisajes del alma la turbadora veracidad más misteriosa, la de
los cuerpos en trance consumando la comunión carnal que precede a la
fecundación, iluminados sus rostros con la luz de las palabras,
haciendo la invocación con la que comienza la celebración del
misterio más alto, Bésame,
Embrasse-moi.
El misterio que
culmina con la fecundación y el alumbramiento también tiene un
rostro menos feliz: la incertidumbre y la angustia de la espera, el
anhelo insaciable del ser amado. En esa angustia se nos va la vida,
contando las horas que pasan en vano, intentando amueblar el paso del
tiempo que nos separa del ser amado con la urdimbre de recuerdos,
ilusiones, anhelos y deseos que mueven nuestros pasos, buscando a
ciegas el camino de nuestras vidas. Ese tormento no tiene fin, ya que
se confunde con la vida misma. Y a la vuelta de cada recodo de tan
largo y oscuro sendero debemos sortear y vencer las amenazas que
siempre nos acechan a cada instante. La resistencia contra el dolor
nos permite salvar lo esencial: en la oscuridad más impenetrable de
la noche, la luz de las palabras, Bésame,
Embrasse-moi,
ilumina nuestras vidas y siembra el mundo nuevo que será el fruto
maduro de nuestro dolor, al fin recompensado, caído en el tiempo al
fin recobrado en el hogar construido con tanto esfuerzo, que no solo
nos sirve de morada íntima; esa construcción arquitectónica, la
Recherche,
en este caso, también ofrece cobijo al desamparado hombre de nuestra
civilización, amenazada.
Juan
Pedro Quiñonero Martínez (Murcia, 1946) es periodista y escritor.
Es hijo de Juan Quiñonero Gálvez y Luz Martínez Pérez , maestros
fundadores de la escuela racionalista Francisco
Ferrer Guardia, y
asociados en la cooperativa, Democracia
y cultura, de Totana
(Murcia) durante la República y la guerra civil, y posteriormente
represaliados: se les prohibió ejercer como maestros, y su padre fue
condenado a muerte, pena conmutada por una condena a veinte años de
prisión mayor, e indultado en diciembre de 1945.
La
precariedad económica, social, y laboral obliga a Juan Pedro
Quiñonero y a su padre a emigrar a Saint Étienne (Loire), Francia,
en 1961. En 1963, la familia se instala en Palma del Río (Córdoba)
y en 1966, se trasladan a Almansa (Albacete).
En
1964, Juan Pedro Quiñonero se marcha a Madrid, y trabaja como
delineante auxiliar en el gabinete de proyectos de la Junta de
Energía Nuclear, mientras continúa con sus estudios de
Arquitectura, que dejaría inacabados.
En
1966, Manuel Blanco Tobío publicó sus primeros artículos en el
periódico Arriba y comienza a trabajar como auxiliar de
archivo en el periódico Informaciones ese mismo año,
trabajando sucesivamente como reportero de sucesos, cronista de
sociedad, crítico teatral, y enviado especial.
Desde
que Víctor y Jesús de la Serna decidieron crear el suplemento
literario Informaciones de las Artes y las Letras, Quiñonero
formó parte del equipo fundador como reportero cultural y literario,
junto a Pablo Corbalán, y Rafael Conte, al que sustituyó más tarde
como corresponsal en París hasta el cierre del periódico, en
1979/80.
Entre
1979 y 1983 trabajó sucesivamente para Diario 16, Cadena
SER, Antena 3 y Onda
Cero, y desde septiembre de 1983, como corresponsal del diario
ABC en París.
Sus
primeros libros, Proust y la revolución (1972), Ruinas
(1973), Baroja, surrealismo, terror y transgresión (1974), y
Escritos de VN (1978) son obras vanguardistas. Juan Pedro
Quiñonero, pues, es un seguidor de todos aquellos que formaron parte
de la ruptura con los valores estéticos, técnicos y lingüísticos
del mundo tradicional, y que de modo amplio se pueden calificar como
«novela contemporánea, según Ramón Jiménez Madrid (Novelistas
murcianos actuales).
Algunas
de sus obras son ensayísticas son Memorial de un fracaso
(1974), La gran mutación. España. Europa ante el siglo XXI
(1982), De la inexistencia de España (ensayo 1998), Ramón
Gaya y el destino de la pintura (2005), El taller de la gracia
(2009).
Ha
escrito las novelas El caballero, la muñeca y el tesoro
(2005), La locura de Lázaro (2006) y Una primavera atroz
(2007), así como las obras de corte autobiográfico El misterio
de Ítaca (2000) y Retrato del artista en el destierro
(2004).
Ha
ganado los premios Premio Marbella de novela (1976) por
Escritos de VN, el Premio
Juan Cencillo de novela corta (2000) por Anales del alba, el
Premio José Manuel Caballero Bonald de ensayo (2004)
por Retrato del artista en el destierro, y el Premio
Rodríguez Santamaría (2009), que la Asociación de la Prensa de
Madrid otorga como reconocimiento a los méritos de toda una vida
profesional.




No hay comentarios:
Publicar un comentario