Baja a las soledades del
jardín
y
de pronto lo espanta tu mirada
Y
alza el vuelo sin fin
Alza
su libertad amenazada.
Para los
vigesémicos que teníamos veinte años en los dorados setenta, estos versos que
entonces difundía la radio resultarán familiares. Los escuché una vez y ya no
los olvidé. Los poemas terminan pareciéndose al mar:
Empieza donde lo hallas por vez primera
y
te sale al encuentro por todas partes
En esos
versos había misterio pero también claridad: la misteriosa claridad. Y de esa
paradoja se desprendía una emoción. El conjunto dice más que las palabras que
lo componen: eso es la poesía.
Luego
empecé a saber del autor de aquellos versos: en edad tenía apenas una década
más que nosotros, pero en cultura y sabiduría nos superaba por varios siglos.
Su nombre: José Emilio Pacheco.
Teníamos
veinte años y José Emilio escribía en la pizarra de nuestra fresca memoria: Alta
traición, El equilibrista, Mosquitos, Preguntas sobre los cerdos e
imprecaciones de los mismos, Los grillos (defensa e ilustración de la poesía),
Autoanálisis, Clínica de belleza, Vanagloria o alabanza en boca propia,
Dichterliebe, Moralidades legendarias y un feliz etcétera…
Teníamos
veinte años. Aspirábamos, con más fuerza que ahora, al título de poeta. José
Emilio nos hacía más difícil la tarea. Había escrito advertencias como ésta:
Quisiera
ser un pésimo poeta
para
sentirme satisfecho con lo que escribo
y
vivir lejos
de
tu dedito admonitorio,
autocrítica.
Agregaba
que alrededor de una idea original siempre arroja su maleza la retórica.
Decía
que quizá nuestra época nos dejó hablando solos.
Parecía
querer desilusionarnos.
Pero
seguíamos leyéndolo y confirmábamos que sí tenía sentido nuestra decisión de
servir a
la
perra infecta, la sarnosa poesía,
risible
variedad de la neurosis,
precio
que algunos pagan
por
no saber vivir.
La
dulce, eterna, luminosa poesía.
Tuvimos
veinte años.
Luego
tuvimos treinta.
No
me preguntes como pasa el tiempo: pasa y es todo.
Uno
está vivo y siente.
Mira
los elementos de la noche: islas a la deriva,
falsos
testimonios y señales de vida en el reposo del fuego.
No
me sentiré mal:
seguiremos
leyendo tus poemas en público y en privado.
Seguiremos
dándole su único sentido a la poesía:
hacer
que tus palabras sean nuestra voz
por
un instante al menos.
Esta
es mi forma de decirte
cuánto
te seguiremos queriendo.
Buen
viaje, hermano mayor...
EFRAÍN BARTOLOMÉ (Ocosingo, Chiapas, 1950). Su obra
poética, que llega ya a los veinte títulos, ha sido reunida en los
volúmenes AGUA LUSTRAL (Poesía 1982-1987), Lecturas mexicanas, CNCA,
México, 1994); OFICIO: ARDER (Obra poética 1982-1997, UNAM, México,
1999); y EL SER QUE SOMOS (Editorial Renacimiento, Sevilla, España,
2006). Valparaíso Ediciones acaba de poner en circulación en España su
libro Cuadernos contra el ángel. El crítico Juan Domingo Argüelles ha
dicho que “La obra poética de Efraín Bartolomé constituye un suceso, una
feliz irrupción en el curso, a veces monótono, de la poesía mexicana en
la parte final del siglo XX, y es hoy una presencia y un referente
fundamental en el panorama poético del siglo XXI que, en cuestiones de
poesía, suele tan fácilmente dar gato por liebre.”
© Guadalupe Belmontes Stringel


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